Centro de Estudios Constitucionales http://cec-azul.org Facultad de Derecho. Unicen Thu, 20 Feb 2020 21:46:21 +0000 es hourly 1 133869888 El Gobierno español aprueba las tasas ‘Google’ y ‘Tobin’ http://cec-azul.org/tasa-google-y-tobin/ http://cec-azul.org/tasa-google-y-tobin/#respond Thu, 20 Feb 2020 21:43:14 +0000 http://cec-azul.org/?p=1957 La entrada El Gobierno español aprueba las tasas ‘Google’ y ‘Tobin’ aparece primero en Centro de Estudios Constitucionales.

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19/02/2020, Diario Iustel

El Consejo de Ministros ha aprobado este martes el nuevo impuesto digital y el que gravará las transacciones financieras, conocidos como ‘tasa Google’ y ‘tasa Tobin’, cuyos proyectos de ley decayeron en la pasada legislatura ante el adelanto electoral, con una recaudación prevista de 1.818 millones de euros, inferior a los 2.050 millones previstos el año pasado como consecuencia de la ralentización económica.

MADRID, 18 Feb. (EUROPA PRESS) –

Así lo ha señalado la portavoz del Gobierno, María Jesús Montero, en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros, en la que ha destacado que se vuelven a poner en marcha ambos tributos paralizados la pasada legislatura por la convocatoria de elecciones y se enmarcan en las prácticas fiscales defendidas por las autoridades europeas.

«España moderniza su sistema fiscal haciéndolo más justo, más progresivo y redistributivo», ha apostillado Montero, quien ha resaltado que tiene que «responder a las nuevas realidades» y los nuevos negocios derivados del mundo digital.

Montero ha detallado que la recaudación prevista para la ‘tasa Tobin’ se mantiene en 850 millones de euros, si bien los ingresos que se calculan con la ‘tasa Google’ se han reducido a 968 millones, unos 232 millones de euros menos, debido a la ralentización de la economía y a la experiencia de otros países que ya lo han implementado.

El acuerdo de Gobierno entre PSOE y Unidas Podemos incluía la aprobación de ambos impuestos, con los que el Ejecutivo esperaba recaudar unos 2.050 millones de euros (1.200 millones con el impuesto digital y 850 millones con el de transacciones financieras). Ahora, la previsión se reduce a 1.818 millones, un 11,3% tras el cambio en la estimación de ingresos con la ‘tasa Google’.

El nuevo Impuesto sobre Determinados Servicios Digitales, conocido como ‘tasa Google’, gravará aquellas empresas con ingresos anuales totales de, al menos, 750 millones de euros y con ingresos en España superiores a los 3 millones de euros. Según Montero, «en ningún caso» hay discriminación en función de nacionalidad o del tipo de empresa, garantiza que las pymes no paguen el impuesto y protege al sector de las ‘startups’.

En concreto, en línea con la propuesta que en su día hizo la Comisión Europea, gravará el 3% de los servicios de publicidad en línea, servicios de intermediación en línea y la venta de datos generados a partir de información proporcionada por el usuario durante su actividad o la venta de metadatos. «Es de justicia que la sociedad se beneficie de ello», ha apostillado.

Montero ha apuntado que se espera recaudar con este tributo 968 millones de euros, cuya liquidación será trimestral, pero de manera excepcional no se realizará en el primer año hasta «al menos el 20 de diciembre de 2020», lo que permite dar «margen» para que se logre un acuerdo internacional en el marco de la OCDE y el G20 y un mayor tiempo de adaptación a las empresas, que tendrán que hacer frente a un único pago este año a final del ejercicio.

La portavoz del Gobierno ha defendido la creación de este gravamen porque hay ingresos obtenidos en España por grandes empresas internacionales a partir de ciertas actividades digitales que escapan al actual marco fiscal, lo que implica «competencia desleal» especialmente al pequeño comercio.

Quedan excluidas del impuesto la venta de bienes o servicios entre los usuarios en el marco de un servicio de intermediación en línea; y las ventas de bienes o servicios contratados en línea a través de la web del proveedor de esos bienes o servicios en la que el proveedor no actúa como intermediario. Además, se excluyen de la tasa determinados servicios financieros.

Además, las prestaciones digitales que sean realizadas entre entidades que formen parte de un grupo con una participación, directa o indirecta, del 100% quedarán también fuera del impuesto. En todo caso, Montero ha dicho que aunque no se han incluido los derivados, lo que «no significa que entre todos en el futuro, en el ámbito de la cooperación reforzada, se avance» en esa línea.

El impuesto que aprobará el Gobierno, ha recordado Montero, es muy similar al que aprobó Francia el año pasado y cuya entrada en vigor ha paralizado tras alcanzar un acuerdo con Estados Unidos, que había anunciado la imposición de aranceles a productos franceses por considerar que este impuesto digital penalizaba principalmente a los grandes gigantes tecnológicos de Estados Unidos, como Amazon, Google o Facebook.

De momento, el país galo aplaza el impuesto hasta que se pacte uno a nivel internacional en la órbita de la OCDE y la Administración Trump también paraliza los aranceles contra productos franceses. Lo que está por ver es cómo se tomará Estados Unidos este nuevo impuesto en España y si aplicará nuevos aranceles a los productos españoles, como ya hiciera en el caso francés.

TRANSACCIONES FINANCIERAS

Junto con este impuesto, el Consejo de Ministros ha dado ‘luz verde’ al proyecto de ley que crea el Impuesto sobre las Transacciones Financieras, conocido como ‘tasa Tobin’, que gravará con un 0,2% las operaciones de compra de acciones españolas ejecutadas por operadores del sector financiero.

Solamente se someterán a tributación al 0,2% las operaciones de adquisición de acciones emitidas en España de empresas cotizadas cuya capitalización bursátil sea superior a 1.000 millones de euros. No se gravará la compra de acciones de pymes y empresas no cotizadas. El sujeto pasivo es el intermediario financiero que transmita o ejecute la orden de adquisición, y deberá presentar una declaración anual del impuesto.

Quedan fuera del ámbito de la ‘tasa Tobin’ la deuda, tanto la pública como la privada, y los derivados. En concreto, entre las adquisiciones que estarán exentas de dicho gravamen se encuentran las operaciones del mercado primario (salida a Bolsa de una compañía), las necesarias para el funcionamiento de infraestructuras del mercado, las de reestructuración empresarial, las que se realicen entre sociedades del mismo grupo y las cesiones de carácter temporal.

El Gobierno calcula que ingresará unos 850 millones por esta nueva figura tributaria, que se destinarán a financiar las pensiones y el sistema de protección de la Seguridad Social.

Por su parte, la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF) estimó hace un año que la recaudación de ambos impuestos será muy inferior a lo calculado por el Gobierno, ya que prevé unos ingresos por la ‘tasa Google’ de entre 546 y 968 millones de euros, por debajo de los 1.200 previstos por el Ejecutivo, mientras que por la ‘tasa Tobin’ espera entre 420 y 850 millones, importe también inferior a lo estimado por el Gobierno, que contempla unos 850 millones.

Más sobre la Tasa Tobin Wikipedia

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Ha-Joon Chang: “Si no recuperamos el control sobre el sector financiero, nada va a cambiar” http://cec-azul.org/ha-joon-chang-si-no-recuperamos-el-control-sobre-el-sector-financiero-nada-va-a-cambiar/ http://cec-azul.org/ha-joon-chang-si-no-recuperamos-el-control-sobre-el-sector-financiero-nada-va-a-cambiar/#respond Mon, 11 Nov 2019 19:00:57 +0000 http://cec-azul.org/?p=1850 La entrada Ha-Joon Chang: “Si no recuperamos el control sobre el sector financiero, nada va a cambiar” aparece primero en Centro de Estudios Constitucionales.

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Ha-Joon Chang, profesor de la Universidad de Cambridge. LIM TAEHOOM

En 2008, la economía mundial sufrió un ataque al corazón pero en vez de cambiar la dieta o hacer ejercicio, le administramos medicamentos para mantenerla artificialmente estable”. A Ha-Joon Chang le encanta explicar con parábolas los fallos del sistema económico. A fuerza de metáforas, el autor del libro superventas 23 cosas que no te cuentan sobre el capitalismo se ha labrado una reputación como uno de los referentes más entretenidos de la resistencia al pensamiento único neoliberal.

Pregunta. ¿Estamos cerca de la próxima crisis?

Respuesta. La situación es frágil pero no puedo decir que vaya ocurrir este año o dentro de dos. Es difícil predecir los mercados pero tenemos muchas incertidumbres: el Brexit, la guerra arancelaria, la ralentización de China… Y cuando la crisis estalle, será más difícil combatirla porque ya gastamos todas las municiones.

P. ¿Por qué no repetir las medidas?

R. No creo que la gente esté dispuesta a otro rescate. La última vez todo el dinero público se fue a los bancos y los contribuyentes sufrieron los recortes del Estado del bienestar porque ese dinero se había esfumado. Los tipos siguen en niveles históricamente bajos y la expansión cuantitativa puede usarse un poco más, pero no mucho. Es una situación peligrosa.

 

“Estamos en el peor de los mundos. ¿De qué teoría económica sale el déficit del 3% de tope?”

P. Ya casi no se habla de política fiscal…

 
R. Sería mucho mejor si los gobiernos hubieran pedido prestado a los bancos centrales para hacer gasto público, pero estamos en esta especie de ideología en la que si el gobierno pide prestado para gastar, lo critican por todos lados. Ahora bien, nadie dice nada cuando el sector privado se endeuda para comprar acciones o inmuebles. Con el dinero creado en la expansión cuantitativa se podía haber mejorado la vida de la gente corriente, pero por desgracia no tuvieron voz en una recuperación que benefició a las clases con dinero para invertir.

P. ¿Qué propone?

R. En el corto plazo es difícil porque a la gente le han lavado la cabeza con esa idea de que los gobiernos son malos y no se puede tocar a los mercados. Los que provocaron la crisis le pasaron todo el coste a la gente común y cuando alguien se atreve a decirlo le acusan de no tener ni idea de economía. Yo llevo diez años dando charlas en las que digo que hay más teorías económicas de las que los ricos quieren que sepamos. La gente tiene que darse cuenta de que le están tomando el pelo porque, en el largo plazo, tienen el poder de cambiar las cosas.

P. En EE UU acusan a la demócrata Alexandra Ocasio Cortez de populismo económico por querer subir los impuestos.

R. Ella propone un 70% para los que más ganan. Los que se escandalizan deberían considerar comunistas a Eisenhower y Truman. En su época, los más ricos pagaban 92% y la economía no se hizo pedazos por eso. De hecho, fue el comienzo de lo que hoy llamamos la edad dorada del capitalismo, con crecimientos de casi un 3% anual en el PIB per cápita y una desigualdad por ingresos muy inferior a la actual.

P. ¿Cuánto margen hay en la Eurozona para salirse del guión neoliberal?

“La gente de izquierdas desmoralizada aceptó demasiadas cosas tras la caída del comunismo”

R. Todavía hay autonomía en ciertos aspectos, como regular los bonus que cobran los empleados del sector financiero o el tipo máximo de gravamen impositivo. Y las cosas que Europa limita siempre pueden cambiarse. Los que dicen que es imposible es porque no quieren cambiarlas. Basta con que un número suficiente de países lo proponga. No estamos hablando del Himalaya.

P. ¿Cómo ve al euro?

R. Ahora estamos en el peor de los mundos: te impiden pasarte del 3% de déficit, una cifra que no sé de qué teoría económica ha salido, y tampoco permiten la unión fiscal. Para que no se rompa la moneda, algo tiene que ceder. Una opción es avanzar hacia la unión fiscal con algún tipo de garantías como eurobonos financiando a las economías más débiles.

P. ¿El ‘Green New Deal’ de los demócratas puede cambiar las cosas?

R. Lo comparan con el de Roosevelt pero aquello fue algo más que un programa de inversiones. También se produjo un cambio en el equilibrio de poder. Roosevelt introdujo la ley Glass-Steagall que dividió a los bancos en comerciales y de inversión hasta 1999, cuando Bill Clinton cedió ante Wall Street y la derogó, generando todo tipo de problemas. El segundo New Deal de Roosevelt reforzó a los sindicatos y trajo la ley de la Seguridad Social. Inyectar dinero fue una parte, pero lo más importante fueron los cambios institucionales.

 

“Con el dinero creado por los bancos centrales se pudo haber mejorado la vida de las personas”

P. ¿No hay salida sin cambio institucional?

R. Exacto. Si no recuperamos el control sobre el sector financiero, nada va a cambiar. Ese sector es el que está manteniendo el sistema actual mediante el lobby y la amenaza de fugas de capitales.

P. ¿Un ‘New Deal a lo Roosevelt’ es más probable ahora?

R. Cualquier gobierno que intente algo así va a encontrar resistencia de los ricos, pero si la gente se organiza y elige a los líderes adecuados, podrán argumentar que lo de rescatar bancos sin castigar a los culpables ya se intentó y no funcionó. Un nuevo enfoque no es algo inconcebible. El New Deal de Roosevelt llegó después de una desigualdad aún mayor.

P. Pero la amenaza comunista asustaba a los poderosos…

R. La caída del comunismo terminó con la competición entre los dos sistemas y desmoralizó a mucha gente de izquierda que empezó a aceptar demasiadas cosas. Pero las fuerzas de la historia son difíciles de predecir. Antes de 1970, ningún ciudadano de los países comunistas habría imaginado el derrumbe soviético. ¿Quién sabe qué forma tendrá nuestro sistema? Tal vez las cosas no pinten bien pero aún hay muchas formas de organizar el capitalismo. No hay que perder la esperanza.

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Nicolas J. Hanauer: Plutocracia y teoría del derrame. La gente rica no crea empleos. http://cec-azul.org/nicolas-j-hanauer-plutocracia-y-teoria-del-derrame-la-gente-rica-no-crea-empleos/ http://cec-azul.org/nicolas-j-hanauer-plutocracia-y-teoria-del-derrame-la-gente-rica-no-crea-empleos/#respond Mon, 28 Oct 2019 13:30:11 +0000 http://cec-azul.org/?p=1844 La entrada Nicolas J. Hanauer: Plutocracia y teoría del derrame. La gente rica no crea empleos. aparece primero en Centro de Estudios Constitucionales.

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Mayra Arena: «Mientras estemos así de desiguales, la meritocracia es una truchada» http://cec-azul.org/mayra-arena-mientras-estemos-asi-de-desiguales-la-meritocracia-es-una-truchada/ http://cec-azul.org/mayra-arena-mientras-estemos-asi-de-desiguales-la-meritocracia-es-una-truchada/#respond Fri, 25 Oct 2019 14:43:16 +0000 http://cec-azul.org/?p=1837 La entrada Mayra Arena: «Mientras estemos así de desiguales, la meritocracia es una truchada» aparece primero en Centro de Estudios Constitucionales.

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En el marco del Ciclo de Conferencias Abiertas 2019, la joven estudiante de Ciencias Políticas y activista social  disertó la noche del miércoles 16 de Octubre sobre «Los desafíos para la Argentina que se viene» en el auditorio del CET de Fundación Atilra»

http://www.agenciapacourondo.com.ar/sindicales/mayra-arena-mientras-estemos-asi-de-desiguales-la-meritocracia-es-una-truchada

Mayra Arena adquirió notoriedad pública a comienzos del 2018 tras la viralización en las redes sociales de un texto de su autoría titulado sugestivamente «El beneficio de ser pobres» en el que narra su vida, la de su hermana y la de su madre (de itinerarios y experiencias semejantes a las de millones de argentinos) en la marginalidad y la carencia de casi todo. El testimonio causó impacto por las vicisitudes narradas sin tapujos y, a la vez, con dolorosa y esperanzada veracidad. Respaldada por estos antecedentes, ante la presencia de un público que colmó las 400 butacas del auditorio, Mayra inició su disertación en el CET Atilra.

«Mi nombre es Mayra Arena. Me dedico, por esas cosas de la vida, a explicar cuestiones de la pobreza porque se dio así: un día expliqué lo que era ser pobre y NUNCA habían escuchado a un pobre hablar de ser pobre. Siempre nos la contaron los economistas, los sociólogos, los politólogos, y nunca le habían preguntado a un pobre ‘Che, qué onda, ¿cómo es ser pobre?’ Y a mí se me ocurrió contar cómo era, por qué pensábamos como pensábamos y por qué hacíamos las cosas que hacíamos. Y no quiere decir que a mí me guste esa vida, ni que justifique ciertas cosas, sí quiere decir que intento entenderlas para entender la raíz de los problemas y para entender cómo diseñamos una solución que no pase por al lado de la vida de los pobres.»

Conceptos como marginalidad, indigencia, tipos de pobreza y empobrecimiento de las clases medias, se integraron con una caracterización de los distintos modos de movilidad social ascendente desde los sectores marginados: el pobre con plata («el tipo que, teniendo toda la guita, igual para su cumpleaños pone Los Palmeras. No lo vas a cambiar, no reniega de su pasado»), el piojo resucitado, clasificación que causó risas en el público («tienen la capacidad de olvidarse de todo, la pegan un poquito y no te saludan más»), y, finalmente, el pobre antipobre que, según Mayra, es un producto del abordaje de la pobreza y la marginalidad que perpetran para mantener el status quo los medios masivos de comunicación.

«Se genera tanto odio que te olvidás que en esa bolsa donde nos quieren meter a los pobres entrás vos también. La famosa bomba que quieren poner en las villas no es una bomba que sabe si sos chorro o si no lo sos.»

No faltó la clave satírica cuando Mayra tocó el tema de los prejuicios usuales de la clase media y los consumos culturales de las clases postergadas en los barrios marginales. Con música sonando en el auditorio de los distintos artistas populares que marcan la identidad de los barrios humildes del país, se ilustró el denso esquema de prejuicios que rige las conductas sociales.

«Si escuchan Pibes Chorros, tienen un pariente en cana. (…) Si escuchan Los Redondos, toman merca (…) ¡y no mires el novio de una mina que escucha Karina porque te va a tajear toda la cara! Hay gente que cree que esto es en serio. Me gusta jugar con estos prejuicios.»

Durante la parte final de la exposición, los ejes tratados fueron Seguridad, Cultura y Trabajo, Sexualidad e Interculturalidad.

«Cuando la escuela pública empieza a bajar su calidad, la clase media se fuga a la educación privada. Entonces los pobres vamos a escuelas de pobres, con otros pobres, conocemos amigos pobres, tenemos costumbres de pobres y tenemos aspiraciones de pobres. Nuestras aspiraciones no son las mismas que las de los otros chicos. Sin interculturalidad lo que logramos es que los pibes que tienen esas aspiraciones se junten con otros pibes parecidos, y piensen cosas parecidas, y vivan vidas parecidas. (…) Si no arrancamos por la interculturalidad, vamos a repetir los mismos problemas.»

Al terminar la exposición el público tuvo la oportunidad de hacer preguntas a Mayra. Las inquietudes versaron, entre otras, sobre las cuestiones de violencia de género en las villas, así como sobre las salidas posibles a los contextos de sumisión y vulnerabilidad extremas.

«A veces hay una aceptación casi comercial de la violencia de género. ¿Por qué aceptás la violencia? Casi siempre es un acuerdo económico. Lo que hay que empezar a hacer es que las mujeres tengan mejores trabajos.»

La velada finalizó con la entrega de un obsequio para Mayra de parte de Fundación Atilra y del Sindicato, acompañada por un aplauso unánime de quienes colmaron el auditorio.

Despertar la inquietud por la formación, la incorporación de una meta, y la valorización de la educación pública en los sectores más vulnerables, en los que palpitan los deseos de superación (y Mayra es prueba fehaciente) es una tarea de todos los que creemos en la regeneración urgente del tejido social dañado para la realización de una Argentina más justa, más plena, más solidaria.

El beneficio de ser pobres

Mi vieja es una mina marginal. Toda la vida vivió fuera del sistema y ahí quedará. Por un problema que tuvo al nacer, es muy pequeña: no llegó nunca al metro cincuenta, y por los muchos embarazos que tuvo ya se le cayeron varios dientes. Tiene 41, pero la falta de dientes sumada a su escasa estatura y marcada delgadez, hacen que aparente mil años más.

Mi vieja dejó la escuela porque era al pedo. Vos le explicás algo y no lo entiende. Incluso las cosas más simples, se las tenés que explicar despacio, varias veces. Si querés enseñarle a ir al chino de la vuelta lo mejor es acompañarla y que vaya, porque si le explicás el camino, no entiende. Mi vieja nunca prendió una computadora, ni la va a prender. Apenas sabe leer y escribir, y cuando digo «apenas» quiero decir, escribe como el orto y cuando lee no le queda nada. Tiene que leer algo simple varias veces para que le quede. A veces nos pide ayuda a las hijas grandes, y hay que explicarle despacio y con palabras claras, sino no entiende.

Mi vieja no laburó nunca, no se desenvuelve. Siempre que intentó tuvo laburos muy malos, porque a los buenos, no pudo ni podrá acceder nunca. Siempre limpiando, cada vez que le conseguíamos un trabajo la echaban al poco tiempo: la gente no le tiene paciencia porque vos le explicás y no entiende. Mi vieja nunca aspiró a tener nada, siempre sintió que hay cosas que simplemente no eran para ella. Siempre sintió que ciertas cosas «son cosas de ricos» incluso cosas mucho más sencillas de las que piensan. Mi vieja tuvo varios hijos, todos de distintos hombres. En el hospital le explicaban que no tuviera más, que tenía que cuidarse, pero ella no entiende. Nosotros llevamos el apellido de ella y salvo el más chico, ninguno conoció a su respectivo padre.

Mi hermana Gisella Marisol y yo, tuvimos el beneficio de ser pobres. De pibas, mi vieja marginal nos mandaba a pedir todos los días. Íbamos a las panaderías porque son los que mejores cosas dan, y con lo que volvíamos se cenaba. Mate cocido con lo que hubiera. Cuando no nos daban las del barrio, nos íbamos abriendo cada vez más hasta llegar a las del centro. Por eso nunca compartí la filosofía de no darle monedita al nene que pide: lo único que lográs es que tenga que caminar más, porque ese pibe no va a volver a la casa con las manos vacías. Teníamos hermanos más chicos, pero no quedaban en casa, salíamos todos juntos porque a los más chicos siempre les dan más. Entonces salía mi vieja con nosotros y mi vieja se quedaba afuera y nosotros íbamos al negocio y pedíamos. Cuando íbamos con mi hermanito, la cosa era bastante rápida porque era muy chiquito y la gente siempre te da lo que puede. Mi vieja no entraba porque a los grandes no les dan casi nunca nada. Hay lugares que igual nunca dan nada y lugares que siempre te dan aunque sea un pancito. La cosa es que siempre volvíamos con algo para acompañar el mate cocido.

Mi abuela estaba apenitas mejor que nosotros porque laburaba limpiando. No teníamos a nadie que trabaje excepto ella, entonces lo poco que sabíamos de trabajo era que era horrible: las patronas eran malas y siempre le hacían cosas horribles, le pagaban menos de lo que le prometían y se hacían las desentendidas. A veces se iban un mes a Europa y ese mes la dejaban totalmente en banda. Cuando trabajaba, no le pagaban casi nada, incluso nosotras pidiendo en la panadería, a veces conseguíamos cosas que ella no podía comprar ni ahorrando.

Nuestra casa era un cuadrado con un baño en la época que mi abuela podía pagar alquiler, pero cuando mi vieja se peleó con mi abuela nos mudamos a una piecita sin baño en Pampa Central. Las necesidades se hacían en un balde y la comida del mediodía nos la daba un comedor que daba comidas riquísimas, polenta, guiso, tallarines. A veces hasta había postre, una naranja o un flancito. A la tarde tomábamos la leche en una iglesia en frente de casa y en esa época mi vieja empezó a cobrar una cosa que se llamaba jefes y jefas y eran 150 pesos por mes. Siempre que cobraba, los veintipico de cada mes, comíamos un yogur cada uno y para nosotros era la gloria.

De piba, cuando sos pobre, lo que te salva de la marginalidad es creer. Creer que algún día vas a tener todo eso que querés tener. Cuando conocés grandes que no son pobres y que te preguntan qué vas a ser cuando seas grande, empezás a soñar un poco. Todos los grandes te dicen todo el tiempo que no dejes la escuela, que estudies mucho. Nosotras, mi hermana y yo, conocimos un grande en particular que fue significativamente importante para nosotras: Marcelo General. Seguramente no lo conozcan, no era más que un vecino nuestro. Él y su adorada esposa siempre nos invitaban a su casa a jugar con su hijita, a pesar de que nosotras no teníamos juguetes ni nada para llevar. Ellos tenían cosas que nosotras no habíamos tenido ni visto jamás. La casa de ellos era una mansión, aunque ahora que lo pienso no era más que una casa con comedor y un par de dormitorios. Pero nosotras ahí adentro estábamos en nuestra salsa. Mi hermanita jugaba con todos los juguetes de la nena, yo siempre pedía pasar al baño porque era espectacular: tenía un espejo gigante y papel higiénico de esos con dibujitos y los puntitos para cortarlo derechito. Cuando sos pobre, la riqueza se mide en esas cositas. Ellos eran ricos. Todos los días la acompañábamos a la cooperativa y ella nos dejaba elegir el yogur que quisiéramos. Todos los días le preguntábamos de hasta qué precio podíamos agarrar, y ella nos decía que de cualquier precio, que agarráramos el que más nos guste. Definitivamente eran ricos.

La mamá de la nena nos contaba que el marido a veces se levantaba a las 4, o sea, trabajaba desde muy temprano. El hombre era muy bueno, siempre hacía chistes y miraba la tele. A veces nos daban hielo para tomar agua fresca en casa, porque nosotras no teníamos heladera, pero solo a veces porque otra vecina de la esquina, Silvia, también nos daba hielo siempre. Hay vecinos que te ayudan muchísimo.
Marcelo y Claudia, su esposa, siempre nos decían que fuéramos a la escuela. Una Navidad nos dijeron que había venido Papá Noel pero nosotras ya sabíamos que habían sido ellos. Los regalos, mi hermana todavía los tiene guardados. Así de valioso es todo cuando sos pobre.

En la escuela, también éramos pobres, no marginales. No teníamos las cosas que tenían todos, a mi hermana incluso una maestra no le corregía las tareas porque no llevaba cuaderno tapa dura. Siempre la retaban por no llevar las cosas que pedían y ella siempre lloraba. Pero éramos muy estudiosas, teníamos esa ventaja. Era una escuela pública, los pobres éramos nosotros y los ricos eran los que se compraban alfajores en el recreo, tenían mochila con carrito y cartucheras de dos pisos. Todos los grandes que conocíamos nos decían que si estudiábamos nos iba a ir bien, y nosotras lo creíamos de verdad. Mi hermana no tenía la cartulina que pedían, pero jamás se olvidaba de hacer los deberes. Hubo una asistente social que nos ayudó muchísimo y que siempre nos daba mercadería, lo hacía delante de todos y eso nos daba vergüenza, por eso mi hermana era medio tímida. No lo hacía de mala porque era buenísima, yo creo que no se daba cuenta que es feo que te den mercadería cuando a nadie le dan, en el aula todos te quedan mirando además. Hubo un invierno en que teníamos una sola campera buena, la violeta, asique iba unos días mi hermana y unos días yo. Yo decía que nunca tenía frío e iba igual pero después me recagaba enfermando entonces era mejor así. Mi hermana odiaba faltar porque después no entendía las cosas. Asique yo faltaba mucho. Mucho. Pero en casa había varios libros y los leía, una y otra vez. Yo sabía que estudiando me iba a ir mejor, eso me decían todos.

Éramos pobres, no marginales. No queríamos dejar la escuela. Conocíamos gente que no era pobre y era gente que trabajaba y había estudiado, entonces por ahí venía la mano.
Pasaban los años, mi vieja seguía sin laburar. A veces se afanaba queso de un supermercado, lo sacaba entre la ropa o debajo de la axila. Una vez me afané un alfajor de un kiosko y me dijo que si lo volvía a hacer me iba a hacer pasar la vergüenza de mi vida: nunca más toqué nada. La vergüenza es a lo que más miedo le tenés cuando sos chico, ni que te caguen a palos es tan fulero. No sé cómo explicarles lo que deseás un alfajor o una milanesa. Los que pueden comerlo cuando quieren, para uno son ricos. Yo ya tenía como 12 años y no quería salir más a pedir: me daba vergüenza. Y ahí ocurrió algo que casi nos empuja a la marginalidad, pero con el tiempo zafamos.

Mi vieja había tenido un marido golpeador, un alcohólico hasta los huesos que había vivido con ella cuando éramos mocosas. De nuestros padrastros y otros horrores, no voy a hablar. Este tipo estaba preso hacía varios años, era el papá de mi hermanito, el único que tuvo padre. Estaba por salir de la cárcel y nosotras sabíamos que mi vieja iba a volver con él. Mi hermana, ante el terror de volver a sufrirlo, se fue a vivir con mi abuela y no volvió. Ella tenía 9 años cuando lo decidió, todo para no volver a ver a mi padrastro. Yo me quedé, porque quién iba a cuidar a mi vieja y a mi hermanito, si no yo. Salió mi padrastro de la cárcel y me di cuenta de la triste realidad: yo no podía contra él. Entonces me metí de novia con un tipo 30 años mayor que yo y me pasaba todo el día en la casa de él. Lo importante era no volver a mi casa. Hasta que me tuve que ir definitivamente, a los 13. Confié que a mi hermanito no le iba a pasar nada porque era hijo, no hijastro.

Dejé la escuela porque si se descubría mi relación, mi pareja iba a terminar en la cárcel y yo iba a ir a un colegio o con mi padrastro. No me hubiera arriesgado a eso por nada del mundo asique dejé de estudiar y me alejé de todo el que me conociera. Por supuesto, quedé embarazada. Y como nadie te da laburo siendo una cría de 14 años embarazada, yo me volví, por un tiempo, marginal, no pobre. Ya no podía estudiar porque eso era un peligro para el papá de mi hijo, y nadie me daba trabajo porque… era menor y tenía un hijo. De nuevo y siempre, los vecinos me ayudaron mucho. Ya no eran los mismos vecinos porque yo vivía más abajo, pero acá también me ayudaron, y no saben cuánto. Mi hermana seguía siendo pobre, siempre estudiando, siempre esperanzada de salir adelante.

Pasaba el tiempo, vivíamos como podíamos y yo accedía a los laburos que te dan cuando sos menor. Vendía perfumes en la calle, puerta a puerta o hacía campaña de socios para algún hogar, esos que te pagan el 10 por ciento de lo que recaudás. No existía la asignación y para todos los planes existentes, yo era menor. Todo me empujaba a ser marginal, porque ni siquiera podía acceder a los laburos o planes de pobres. A los 15 hice un curso de peluquería, pero en esa época no existía internet y era muy difícil ir haciéndote conocido en un oficio. Además yo tenía 15 y se me notaba en la cara, nadie se iba a dejar cortar el pelo por mí. A los 16 mentí diciendo que tenía 19 y accedí a mi primer laburo con sueldo mensual: tenía que cuidar a un abuelo hemipléjico. ¡De nuevo pobre! Ya no marginal. Es abismal la diferencia. Cobraba un sueldo por mes que no era más que un sueldito, pero podía comprar comida y cositas para mi hijito. Mi abuela me había regalado un lavarropas automático que le regaló una patrona, ese lavarropas lo vendimos y lo cambiamos por unas garrafas, y esas garrafas las vendimos y juntamos dos mil pesos. Con eso compramos el ranchito que se ve en la foto. Dos mil pesos nos costó, un rancho de chapa con piso de tierra, y estábamos en la gloria. Tiempo después las cosas no anduvieron con el papá de mi hijo, la verdad es que yo hacía rato no lo quería más. Entonces me fui con mi nene y de ahí en más cuidamos viejitos siendo cama adentro, o cuidábamos alguna abuela de noche y yo de día trabajaba de otras cosas. Entonces teníamos casa, comida y un pequeño sueldo. A los 21 años aprendí un oficio y gracias a internet y la facilidad de promocionar tu laburo gratis, pude laburar menos horas durante el día y empezar a estudiar. Pobres, no marginales.

Los años de laburo siendo joven, estudiante y pobre, son durísimos. No es nada fácil este ambiente, se vive siempre al día, y muchas veces te gastás los últimos veinte pesos que tenés en fotocopias del currículum, vas al centro caminando para no gastar en boleto y uno tras otro te dicen que lo dejés, que después te llaman. Los días se hacen eternos cuando nadie llama. Pero la diferencia crucial entre nosotras y mi vieja es que, nosotras teníamos la esperanza de que alguien iba a llamar. Todos los días salís a patear esperanzada, deseando que alguien te diga «venite el lunes a primera hora». Y tarde o temprano ese día llega.

Mi hermana empezó laburando a los 16 para un tipo que le pagaba «según como trabajara ese día» o sea, le pagaba lo que se le cantaban las pelotas. Como es mucho más desenvuelta que mi vieja no sólo no pierde los laburos, sino que tiene cada vez más. Alquila un departamentito y labura todo el día para poder pagar su alquiler y comer. Yo la he visto llorar de cansancio y frustración, pero como todo pobre, al otro día se levanta y sale a ganarse el mango igual. Además estudia, cuando sos pobre siempre te dicen que estudiar es la salida y vos lo creés. Ya le falta poco para ser maestra, cagate de risa. Capaz hasta se cruza con la que no le corregía las cosas por llevar esos cuadernos que te daba el gobierno que si borrabas dos veces se transparentaba la hoja. Andá a saber.

Mi vieja sigue siendo marginal. Tiene un solo laburo de limpieza hace algo de un año y nunca sabemos cuánto le va a durar. Ya pasó los 40 y es muy joven como para jubilarse, pero grande como para encontrar un laburo fijo. Gracias a la asignación que cobra de los dos más chicos, sumada al laburito, la miseria no es tan espantosa como la de mi infancia en los 90. Las hermanas más grandes nos independizamos hace ya mucho, entonces ayudamos a los más chicos. Ellos no tienen la vida que nosotros, no salen a pedir y pueden ir al colegio con útiles comprados, no esos lápices de porquería que a nosotros nos daba el gobierno y que los pasabas por la hoja y no pintaban. Siempre hay que darle una mano a mi vieja con los trámites de la asignación, porque a ella le explican, pero no entiende.

Cuando sos marginal, como mi vieja, aceptás que tu único futuro es la pobreza. No te interesa tener nada porque estás segurísimo de que nunca vas a poder tener nada. A los ricos los mirás con bronca, son unos miserables que no te dan nada, ni trabajo. A mi vieja nunca le dieron ni trabajo. En cambio, cuando sos pobre, lo que te salva de caer en la marginalidad, es la esperanza de salir de esa pobreza. Es muy dificultoso, porque labures de lo que labures, empezás ganando muy poco, y tenés muchas, pero muchas necesidades para cubrir. Además, siempre tenés en la familia alguien que está peor, y ayudás. En lo poco que podés ayudás. Entonces todo crecimiento se hace más lento, porque le comprás zapatillas a tu nene, pero no podés dejar de comprarle a tu hermanita. Y mi hermana vuelve a cenar el mate cocido con un mignoncito, para comprarle una campera buena a la más chica. Entonces sos sostén tuyo y de tu familia, porque sos pobre, pero tu vieja es marginal y sabés que no va a conseguir laburo. Ni siquiera uno de limpieza como el de mi hermana, o en geriatría, como yo.

No es lo mismo ser marginal que ser pobre: el mundo es de un color distinto. Cuando sos pobre sentís, sabés, la gente te dice constantemente que si te esforzás mucho vas a salir adelante. Mi vieja es marginal, no espera nada del mundo. Sabe, siente, percibe que el mundo es de los otros. Tiene una capacidad cognitiva bajísima y tiene mal aspecto: la gente no le dice nada y si le dijeran, no entiende.

Cuando sos pobre y venís de familia pobre, no marginal, aunque no lo creas ya tenés un montón de ventajas. Tenés otra forma de ver la vida de entrada: son tus propios padres los que te dicen que con esfuerzo vas a lograrlo. Y salís, por supuesto con muchísimo esfuerzo, pero tarde o temprano salís adelante. Con ganar un buen sueldo ya vivís mejor, cubrís tus necesidades y vas mejorando, poco a poco, tus posibilidades.

Una vez leí, en esta carrera que estudio con la esperanza de descubrir cómo hacer que los marginales puedan llegar a ser pobres y que los pobres dejen de serlo, una frase que me voló la cabeza. La frase dice «la diferencia entre un marginal y un pobre es que el pobre tiene claro su lugar en el mundo». El que lo escribió lo hizo, claro, analizando desde afuera. Pero no le erra. El beneficio de ser pobres es que entendés rápido que tenés que adaptarte al medio para sobrevivir. A un marginal como mi vieja, le expliques como le expliques, no lo entiende.

Cuando los leo odiando a ciertos pibes porque sus padres o ustedes mismos fueron pobres y salieron adelante, no puedo ponerme a explicarles esto de que ser pobre es infinitamente menos malo que ser marginal. Es muy largo, es muy complejo, y además no sé si me van a querer escuchar. Por eso estudio ciencia política y por eso estoy segura de que mi hermana estudia para maestra. Para poder explicarles mejor a los marginales, a los pobres y a los que no entienden por qué los pobres siguen siendo pobres. Igual sabemos que estudiemos lo que estudiemos hay gente que no nos va a querer escuchar. Hay gente que no es marginal, pero igual le explicás, y no entiende.

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¡ES LA INSEGURIDAD, ESTÚPIDO! O SOBRE LOS NÚMEROS DE LA VIOLENCIA POLICIAL http://cec-azul.org/es-la-inseguridad-estupido-o-sobre-los-numeros-de-la-violencia-policial/ http://cec-azul.org/es-la-inseguridad-estupido-o-sobre-los-numeros-de-la-violencia-policial/#respond Sat, 17 Aug 2019 14:23:36 +0000 http://cec-azul.org/?p=1829 La entrada ¡ES LA INSEGURIDAD, ESTÚPIDO! O SOBRE LOS NÚMEROS DE LA VIOLENCIA POLICIAL aparece primero en Centro de Estudios Constitucionales.

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Por Gabriela Seghezzo (OBSE-IIGG-UBA/UNAJ/CONICET) y Lucrecia Borchardt Duter (OBSE-IIGG-UBA)

¡Es la inseguridad, estúpido! O sobre los números de la violencia policial

“¿Qué es lo que hace tolerable la presencia de la policía, el control policial a una población si no es el miedo al delincuente? Si aceptamos entre nosotros a estas gentes de uniforme, armadas, mientras nosotros no tenemos el derecho de estarlo, que nos piden nuestros papeles, que rondan delante de nuestra puerta, ¿cómo sería esto posible si no hubiese delincuentes? ¿Y si no saliesen todos los días artículos en los periódicos en los que se nos cuenta que los delincuentes son muchos y peligrosos?”. Hoy, estas preguntas foucaultianas de hace 40 años, revisten suma actualidad.[1] Y el nudo que articula sus respuestas tiene un nombre bien preciso: inseguridad.

En el sentido común mediático político y social, la (in)seguridad es definida como una situación de crisis y emergencia, en la cual la ciudadanía sería asediada y victimizada por la proliferación de cierto tipo de delitos, violencias y desórdenes. En particular, delitos que involucran violencia interpersonal (robos, hurtos, lesiones), que tienen lugar en el espacio público, y que son atribuidos casi de manera excluyente a los jóvenes de los sectores populares. Y esta delimitación acotada del problema de la (in)seguridad no es una novedad, sino que ha constituido desde mediados de la década del noventa un dispositivo que sostiene y legitima socialmente prácticas policiales violentas sobre quienes son construidos como su causa eficiente: los jóvenes de los sectores populares. Este sector social se ha convertido en objeto privilegiado de intervenciones policiales que bajo el supuesto de garantizar el derecho a la seguridad de la ciudadanía vulneran de manera sistemática sus derechos. Al mismo tiempo, esta delimitación securitaria hegemónica ha invisibilizado las transgresiones normativas llevadas adelante por los sectores más privilegiados que producen, por cierto, altísimos daños sociales.

La restauración neoliberal impulsada por el triunfo electoral de Mauricio Macri en las últimas elecciones presidenciales al tiempo que ha producido un marcado proceso de retracción de derechos económicos, políticos y sociales que afectan negativa y fundamentalmente a los sectores populares, ha recrudecido diversas formas de violencia institucional y, en particular, las prácticas violentas por parte de las fuerzas de seguridad.

El 21 de mayo, a la una de la mañana, cinco jóvenes/niñxs son perseguidos por la policía a los tiros, chocan con un camión y cuatro de ellxs mueren a manos de las fuerzas policiales. Esta masacre, la de San Miguel del Monte, se enlaza trágicamente con muchos otros acontecimientos: el asesinato de Facundo Ferreira y Rafael Nahuel, la brutal represión a la protesta mapuche seguida de la muerte de Santiago Maldonado y el asesinato de Silvia, una joven de 17 años, quien, como una suerte de ironía del poder de muerte, también se apellida Maldonado. Buenos Aires, Tucumán, Rio Negro, Chubut, Santiago del Estero. Se repite una y otra vez la misma escena bajo una única y misma palabra que legitima esas intervenciones de muerte: la inseguridad.

Forma parte también de esta misma saga tanatopolítica el caso del médico de Burzaco que hace sólo unos pocos días fue asesinado de un balazo en la cabeza, por un policía bonaerense que declaró que se confundió al médico con un delincuente. Matar, entonces, no es un problema en esta mitología securitaria. Matar a aquel que se le asigna el estigma “chorro” como identidad, está bien. Algunos asesinatos no son, siquiera, asesinatos. Y la invisibilización de las violencias es la argamasa que mantiene el edificio de las asimetrías en pie. No todas las vidas merecen ser vividas, parecería decirse en esta gramática securitaria. Y así como no todas las desprotecciones organizan nuestros miedos y las preocupaciones públicas, no todas las muertes merecen nuestra atención.[2] La reciente creación “Servicio Cívico Voluntario en Valores”, dependiente de Gendarmería, es la consagración de la colimba para pobres y una de las tantas formas que asume esta administración diferencial de las vulnerabilidades, inseguridades e ilegalismos.

El paroxismo de este elogio de muerte es Chocobar: el policía que persigue a Juan Pablo Kukoc y lo mata de dos tiros por la espalda, y luego es recibido en la Casa Rosada y felicitado por su desempeño por el Presidente a la Nación.  Lejos de ser abusos o excesos de algunos policías trasnochados, que “actúan como ladrones o asesinos”, tal como dijo la Ministra Patricia Bullrich,[3] estas muertes son el efecto de una política securitaria que encuentra en la violencia su principal herramienta para abordar conflictos y disciplinar a los sectores populares. Una política que postula que lxs niñxs y adolescentes de los sectores populares son potenciales delincuentes que deben ser castigadxs, encerradxs y, en el límite, asesinadxs y que no sólo reclama a la policía ejercer el castigo sino también llama a la ciudadanía a ejecutar su propia fantasía totalitaria. Mandato de punición para todos. El médico Villar y el carnicero de Zárate resultan, así, las figuras complementarias de Chocobar. Hoy, incluso, uno es candidato a concejal por el partido de Macri.

Estos acontecimientos muestran una violencia, sistemática y frecuente, que es una exhibición de arbitrio, un espectáculo de impunidad ante toda la sociedad y de dominio punitivo sobre un territorio y sobre los cuerpos de lxs jóvenes pobres que los habitan. Pero, deberíamos diferenciar este tipo de prácticas de cualquier patologización individual o colectiva de los funcionarios o de las instituciones policiales. La violencia policial es un lenguaje de poder, expresa el control territorial, la capacidad de desaparecer, de hacer sufrir y matar. Una mostración de poder e impunidad que, como uno de sus efectos, produce insensibilidad y naturalización de estas violencias. Desprecio manifiesto por algunas vidas y exhibición de indiferencia, un combo que invisibiliza absolutamente el dolor ajeno e, incluso, el propio.

Los efectos del elogio de la punición

Los números de la reciente Encuesta que realizamos desde el Observatorio de Seguridad (ObSe)[4]son más que elocuentes. Como se deja leer en el siguiente gráfico, el 22% de lxs encuestadxs dijo haber sufrido violencia policial durante el último año (izquierda). Pero el porcentaje de violencia experimentada prácticamente se duplica en el caso de encuestadxs entre 15 y 29 años (derecha). Precisamente ello nos habla de una sobrevulneración de la población joven: el 41% sufrió algún tipo de violencia por parte de las fuerzas de seguridad en los últimos 12 meses.[5]

A su vez, resulta particularmente sintomático que estas violencias de las fuerzas de seguridad muchas veces están tan naturalizadas que no son percibidas como problemáticas por quienes la sufren. En este sentido, observamos que el 99% de quienes experimentaron algún tipo de violencia no realizaron la denuncia, y uno de los principales motivos para no hacerlo, según afirman lxs encuestadxs, es la percepción de que fueron hechos sin importancia. En ese sentido, como vemos en el gráfico, el 29% de aquellxs que experimentaron violencia y no la denunciaron, le quitaron importancia a lo acontecido:

Resulta interesante señalar que, si la violencia no es percibida como tal, difícilmente podremos revertir sus efectos. Y muchas veces no vemos las violencias, precisamente, hasta que empezamos a nombrar sus procedimientos, es decir hasta que podemos explicar cómo se ejercen y los mecanismos de su legitimación. En ese sentido, deshacer el sistema de creencias que las habilita resulta una tarea indispensable. Esto es, necesitamos desmontar el pacto de punitividad que sostiene esa administración diferencial de las violencias, vulnerabilidades y las desprotecciones que llamamos “inseguridad”, porque como dice Borges en El jardín de senderos que se bifurcan, “el ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir que sea irrevocable como el pasado”.

El mito del éxito electoral del punitivismo

El clima electoral fogonea unos reclamos punitivos en cuyo centro se ubican unas policías bravas, unas policías de la tolerancia cero y de la violencia. Sin embargo, de acuerdo con lo que pudimos observar en la Encuesta realizada, y a contramano de lo que los medios de comunicación pregonan insistentemente, no estamos frente a una legitimación social lisa y llana de todas las prácticas violentas de las fuerzas de seguridad. Los “candidatos de la seguridad” deberían tomar nota, porque aquí también los datos son contundentes.[6]

Dos cuestiones llamaron poderosamente nuestra atención en este sentido. Como se deja ver en el siguiente gráfico, nos encontramos frente a un marcado rechazo a que las policías repriman la protesta social, así como también vislumbramos un fuerte desacuerdo a que las fuerzas de seguridad retiren a lxs vendedores ambulantes de la vía pública.

Si en las páginas de los principales diarios, en los noticieros del prime time televisivo y en los discursos de campaña de muchos políticos profesionales, se aplaude la represión a las manifestaciones y el desalojo de lxs vendedorxs ambulantes, los números sociales los confrontan: el 56% de lxs encuestadxs se manifestó en desacuerdo con que las fuerzas de seguridad repriman la protesta social, mientras que el 58% expresó su desacuerdo respecto de que retiren a lxs vendedorxs ambulantes de la vía pública. Y, por el contrario, tal y como se deja ver en el siguiente cuadro, el 97% de lxs encuestadxs privilegió un rol de las fuerzas de seguridad más vinculado a la asistencia que a las dinámicas punitivas:

¿Qué hacer? Contra el mandato de punición

Los organismos de derechos humanos han señalado un significativo aumento de casos de violación de derechos humanos de jóvenes en los territorios en los que se despliegan diversas fuerzas policiales y de seguridad en el marco de la implementación de políticas de “combate a la inseguridad” y la “guerra al narcotráfico”.[7] Hablamos de diversas políticas e intervenciones que habilitan un amplio espectro de situaciones que vulneran y/o someten tanto física, social y psicológicamente, particularmente a los jóvenes de los sectores populares.

En un contexto de fuerte retracción económica, de pérdida de derechos y cercenamiento de las libertades, la cuestión securitaria y el punitivismo parecerían funcionar como compensación parcial tanto para la ciudadanía atemorizada como para los propios policías mal pagos y con condiciones laborales precarias. Asistimos a un backlash securitario.

Como Rita Segato afirma respecto del feminismo, “no podemos replicar el estilo de la política patriarcal. […] Debemos soñar, pero no el sueño del patriarca”. En ese sentido, sin la producción de políticas de seguridad democráticas, difícilmente se pueda romper la espiral de violencia producida en nuestra sociedad. Contra ello, entonces, creemos que se vuelve imperativo una administración inversa de los delitos y desprotecciones. Esto es: se vuelve un imperativo la producción de una seguridad otra. Una seguridad democrática que opere de forma inversa: que visibilice todas estas otras violencias y criminalidades que omite el discurso hegemónico; que ponga el foco en la multiplicidad de desprotecciones que hacen frágiles algunas vidas en estos órdenes sociales tan desiguales; que produzca una reorganización del lugar del castigo y de las fuerzas de seguridad. Esto último supone, primeramente, des-securitizar la violencia policial, no ubicarla como respuesta al problema de la inseguridad, sino como una violencia inaceptable.

Una seguridad democrática en lugar de consolidar un dispositivo de control y vigilancia, de desconfianza y estigmatización, de encarcelamiento y policialización, produce dispositivos que se orienten no ya por la retórica de la guerra sino hacia la resolución de conflictos. Una seguridad democrática desarma el mandato de punición y produce una policía del cuidado, una policía, podríamos decir, de opción preferencial por los más vulnerables.

 

 

[1] Foucault, M. (1991). “Entrevista sobre la prisión: el libro y su método”. En M. Foucault, Microfísica del Poder. Madrid: La Piqueta.

[2] Sólo para mencionar un ejemplo de esa selectividad: en 2017, Argentina tuvo una tasa de 5.2 homicidios cada 100.000 habitantes. En términos absolutos, hemos tenido 2279 víctimas de homicidio. Mientras que, para el mismo año, las tasas de homicidio de otros países de América Latina son mucho más elevadas: Venezuela (56.3) Brasil (29.5), Guatemala (27.3), Colombia (25.5) (SNIC-National System of Criminal Statistics). Ahora bien, también para el caso del 2017, según los datos producidos por el Ministerio de Transporte, Argentina ha tenido una tasa de mortalidad en accidentes de tránsito del 12.3, lo que en términos absolutos equivale a 5420 víctimas fatales (Ministerio de Transporte de la Nación-Observatorio Vial Nacional).Es decir, hemos tenido más del doble de muertes por accidentes de tránsito que por homicidios. Sin embargo, los accidentes de tránsito no son considerados parte del problema de la inseguridad.

[3] De forma reiterada los medios de comunicación hacen referencia a la buena imagen con la que cuenta la Ministra. No es objeto de este artículo, pero los resultados del Estudio realizado por la Universidad de San Andrés nos permitirían otorgarnos el beneficio de la duda. Los resultados pueden ser consultados en:  https://www.udesa.edu.ar/sites/default/files/15._udesa_espop_mayo_2019.pdf

[4] Nos referimos a la Encuesta sobre las percepciones sociales respecto de las fuerzas de seguridad 2018. La Encuesta se realizó de forma presencial a 447 personas mayores de 15 años residentes en la Ciudad de Buenos Aires y los 24 Partidos del Gran Buenos Aires. El estudio indagó, por un lado, la experimentación de distintos tipos de violencia por parte de los habitantes de estos territorios y por otro, la legitimidad con las que cuentan distintas prácticas frecuentes del accionar policial (ObSe, 2019). Los resultados están disponibles en: http://www.sociales.uba.ar/2019/05/08/encuesta-sobre-las-percepciones-sociales-respecto-de-las-fuerzas-de-seguridad/obse/

[5] La Encuesta relevó distintos tipos de violencia: (1) física (golpes, lesiones), (2) psicológica (maltratos, amenazas) (3) simbólica (discriminación) (4) patrimonial y/o económica (hurtos, coimas) (5) sexual (acoso) y (6) de género (discriminación por género). La distinción no implica que se trate de tipos excluyentes, sino que en muchos casos las violencias se superponen y producen de manera conjunta.

[6] De hecho, si trazamos una línea temporal desde mediados de los noventa hasta la actualidad y prestamos atención a los “candidatos de la inseguridad”, esto es, aquellos políticos que organizaron su campaña electoral en torno a la cuestión de la inseguridad, es posible advertir que el securitarimo punitivo cuenta con menos éxitos que fracasos. Desde Aldo Rico y Luis Patti hasta Jorge Sobisch, Carlos Ruckauf y Francisco de Narváez, el punitivismo securitario no garantiza el triunfo electoral y, menos aún, la proyección y la continuidad en la arena política.

[7] Ver CELS (2018): La guerra interna: cómo la lucha contra las drogas está militarizando América Latina. Disponible en: https://www.cels.org.ar/militarizacion/. CELS (2018): Estadísticas de letalidad policial. Disponible en: https://www.cels.org.ar/web/letalidad-policial-estadisticas/ y CORREPI (2019) Informe de la situación represiva nacional 2018. Disponible en: http://www.correpi.org/2019/archivo-2018-cada-21-horas-el-estado-asesina-a-una-persona/.

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¿Se está muriendo la democracia? http://cec-azul.org/se-esta-muriendo-la-democracia/ http://cec-azul.org/se-esta-muriendo-la-democracia/#respond Sat, 17 Aug 2019 13:03:53 +0000 http://cec-azul.org/?p=1826 La entrada ¿Se está muriendo la democracia? aparece primero en Centro de Estudios Constitucionales.

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En la década de 1990, la democracia pareció convertirse en el único régimen político posible. Tres décadas más tarde, la encontramos asediada por los populismos desde adentro y por las autocracias desde afuera. ¿Podrá sobrevivir a las amenazas que hoy encarnan Donald Trump por un lado y el régimen chino por el otro? Posiblemente sí, pero deberá reformarse. Eso no es novedad: la democracia siempre ha sido el más adaptable de los regímenes conocidos. La incógnita reside en las formas que adoptará y en los procesos que las moldearán.

Julio – Agosto 2019

https://nuso.org/articulo/se-esta-muriendo-la-democracia/?utm_source=email&utm_medium=email

¿Se está muriendo la democracia? La respuesta corta es «no». La larga, para quien esté ávido de detalles, es «claro que no». Y, sin embargo, proliferan conceptos como «recesión democrática», «erosión democrática», «reversión democrática» o «muerte lenta de la democracia». Irónicamente, esto sucede 30 años después de que los seguidores de Francis Fukuyama declararan la victoria eterna de la democracia. Es evidente que no era para tanto. Pero ni la democracia era eterna entonces ni se está terminando ahora. En ausencia de blancos y negros, la actualidad combina gotas de color entre matices de gris. Después de todo, la democracia es el menos épico de los regímenes políticos. Quizás por eso, agregaría Winston Churchill, es el menos malo.Recientemente, los politólogos europeos Anna Lührmann y Staffan Lindberg publicaron un artículo sobre la «tercera ola de autocratización»1. Su argumento es que a cada ola de democratización (ya hubo tres) la sucede una contraola en la que la democracia retrocede. Sin embargo, a partir de una enorme base de datos, concluyen que no debe cundir el pánico: la actual declinación democrática es más suave que la contraola anterior, y el total de países democráticos sigue cercano a su máximo histórico. No obstante, los fatalistas abundan. Algunos ven golpes de Estado en todos los rincones. Otros sostienen que los golpes pasaron de moda pero las democracias se siguen desmoronando, ahora por la acción erosiva de quienes las atacan desde adentro. Ambos argumentos merecen consideración.

El problema clásico: los golpes de Estado

La imagen típica de la quiebra democrática es un general deponiendo, y sustituyendo, a un presidente elegido democráticamente. Esa sustitución implicaba un cambio de gobierno pero, sobre todo, un cambio de régimen. El adjetivo habitual era «militar»: un golpe militar daba lugar a un régimen militar. Pero habitualmente era un sobreentendido que no hacía falta reforzar: ¿de qué otro tipo podía ser un golpe? Esto cambió. Hoy abundan todo tipo de calificativos: golpe blando, suave, parlamentario, judicial, electoral, de mercado, en cámara lenta, de la sociedad civil… Esta profusión no debe ser naturalizada. Corresponde preguntarse por qué llegamos del concepto clásico de golpe a esta panoplia de subtipos disminuidos.

Con el politólogo noruego Leiv Marsteintredet realizamos un estudio que titulamos, parafraseando un texto clásico de David Collier y Steven Levitsky, «Golpes con adjetivos». En él observamos que, aunque los golpes de Estado son cada vez más infrecuentes, el concepto es cada vez más utilizado. ¿A qué se debe este desfase entre lo que observamos y lo que nombramos? Logramos identificar tres causas. La primera es que, aunque los golpes son cada vez más inusuales, la inestabilidad política no lo es: en América Latina, varios presidentes vieron su mandato interrumpido en los últimos 30 años. Autores como Aníbal Pérez Liñán demostraron que las causas son distintas, y las consecuencias también: ahora, aunque los presidentes caigan, la democracia se mantiene2. Sin embargo, la inercia lleva a usar la misma palabra que utilizábamos antes, como si Augusto Pinochet y Michel Temer encarnaran el mismo fenómeno. La segunda causa es lo que en psicología se llama «cambio conceptual inducido por la prevalencia», un fenómeno que consiste en expandir la cobertura de un concepto cuando su ocurrencia se torna menos frecuente. Una forma más intuitiva de denominar este fenómeno es inercia. La tercera causa es la instrumentación política: a quienes sufren la inestabilidad les sirve presentarse como víctimas de un golpe y no de su propia incompetencia o de un procedimiento constitucional como el juicio político. El contraste entre los «golpes» actuales y los golpes clásicos es tan evidente que hacen falta adjetivos para disimularlo.

Un golpe clásico significaba la interrupción inconstitucional de un gobierno por parte de otro agente del Estado. Los tres elementos constitutivos eran el blanco (el jefe de Estado o gobierno), el perpetrador (otro agente estatal, generalmente las Fuerzas Armadas) y el procedimiento (secreto, rápido y, sobre todo, ilegal). En la actualidad, aunque las interrupciones de mandato siguen ocurriendo, es cada vez más infrecuente que contengan los tres elementos. En ausencia de uno de ellos, se multiplicaron los calificadores que, buscando justificar el uso de la palabra «golpe», dejan en evidencia que no lo es tanto.

Con Marsteintredet argumentamos que la proliferación de adjetivos confunde cuatro fenómenos diferentes3, que se expresan en el gráfico. De la combinación de los tres elementos constitutivos clásicos, emergen las siguientes posibilidades:

a) Si el perpetrador es un agente estatal, el blanco es el jefe de Estado y su destitución es ilegal, estamos frente a un golpe de Estado clásico. Los ejemplos típicos incluyen la sustitución de Salvador Allende por Augusto Pinochet en Chile en 1973 y la de Isabel Martínez de Perón por Jorge Rafael Videla en Argentina en 1976.

b) Si el jefe de Estado es destituido ilegalmente pero el perpetrador no es un agente estatal, el acto sería una revolución. Sin embargo, los que prefieren estirar a entender usan «golpe de la sociedad civil», «golpe electoral» o el más ubicuo «golpe de mercado», que en el gráfico se designan como «golpes con adjetivos del tipo 1». El golpe de mercado es citado, por ejemplo, como causa de la renuncia de Raúl Alfonsín en 1989, en Argentina, mientras que Nicolás Maduro denunció un «golpe electoral» cuando perdió las elecciones legislativas en 2015.

c) Si el perpetrador es un agente estatal y la destitución es ilegal, pero el blanco no es el jefe de Estado, presenciamos lo que se llama autogolpe. Esta palabra es engañosa, porque se refiere a un golpe que no es dirigido contra uno mismo, sino contra otro órgano de gobierno, como cuando el presidente cierra el Congreso. Estos casos incluyen los llamados «golpes judiciales» y el «golpe en cámara lenta», que nosotros denominamos «golpes con adjetivos del tipo 2». El autogolpe arquetípico es el de Alberto Fujimori en 1992, en Perú, pero golpe judicial se aplica a casos como el de Venezuela cuando, en 2017, el Poder Judicial resolvió retirarle las atribuciones legislativas a la Asamblea Nacional. Al golpe en cámara lenta me referiré en la siguiente sección.

d) Si el perpetrador es un agente estatal y el blanco es el jefe de Estado pero el procedimiento de destitución es legal, se trata de un juicio político o, como le dicen en Estados Unidos y Brasil, impeachment. La controversia emerge porque, aunque el Poder Judicial ratifique el procedimiento, la víctima puede alegar parcialidad y cuestionar su legitimidad. Aquí surgen el llamado «golpe blando», el «golpe parlamentario» y el aún más paradójico «golpe constitucional». Nosotros los llamamos «golpes con adjetivos del tipo 3». Las destituciones de Fernando Collor de Mello en 1992 y de Dilma Rousseff en 2016 en Brasil han sido denunciadas por sus víctimas como golpes blandos o golpes parlamentarios, dado que no hubo utilización de fuerza militar y ambos procesos se canalizaron por el Congreso con la anuencia del Poder Judicial.

Los golpes con adjetivos se distinguen por la ausencia de uno de los tres componentes clásicos del golpe de Estado. El debate sobre si tal destitución fue golpe o no sigue encendiendo pasiones y, sin embargo, es cada vez menos relevante. Porque, últimamente, las democracias no quiebran cuando cae un gobierno elegido, sino cuando se mantiene.

El problema actual: la muerte lenta

Hasta la década de 1980, las democracias morían de golpe. Literalmente. Hoy no: ahora lo hacen de a poco, lentamente. Se desangran entre la indignación del electorado y la acción corrosiva de los demagogos. Mirando más atrás en la historia, los politólogos estadounidenses Steven Levitsky y Gabriel Ziblatt advierten que lo que vemos en nuestros días no es la primera vez que ocurre: antes de morir de pronto, las democracias también morían desde adentro, de a poquito4. Los espectros de Benito Mussolini y Adolf Hitler recorren su libro de 2018, Cómo mueren las democracias, como ejemplo de que la democracia está siempre en construcción y las elecciones que la edifican también pueden demolerla. Esta obra es un llamado a la vigilancia para mantener la libertad.

Aunque la comparación de Hitler y Mussolini con Hugo Chávez es manifiestamente exagerada, los autores subrayan la similitud de las rutas que los llevaron al poder: siendo tres personajes poco conocidos que fueron capaces de captar la atención pública, la clave de su ascenso reside en que los políticos establecidos pasaron por alto las señales de advertencia y les entregaron el poder (Hitler y Mussolini) o les abrieron las puertas para alcanzarlo (Chávez). La abdicación de la responsabilidad política por parte de los moderados es el umbral de la victoria de los extremistas.

Un problema de la democracia es que, a diferencia de las dictaduras, se concibe como permanente y, sin embargo, al igual que las dictaduras, su supervivencia nunca está garantizada. A la democracia hay que cultivarla cotidianamente. Como eso exige negociación, compromiso y concesiones, los reveses son inevitables y las victorias, siempre parciales. Pero esto, que cualquier demócrata sabe por experiencia y acepta por formación, es frustrante para los recién llegados. Y la impaciencia alimenta la intolerancia. Ante los obstáculos, algunos demagogos relegan la negociación y optan por capturar a los árbitros (jueces y organismos de control), comprar a los opositores y cambiar las reglas del juego. Mientras puedan hacerlo de manera paulatina y bajo una aparente legalidad, argumentan Levitsky y Ziblatt, la deriva autoritaria no hace saltar las alarmas. Como la rana a baño maría, la ciudadanía puede tardar demasiado en darse cuenta de que la democracia está siendo desmantelada.

Los autores dejan tres lecciones y a cada una de ellas se asocia un desafío. La primera es que no son las instituciones, sino ciertas prácticas políticas, las que sostienen la democracia. La distinción entre presidencialismo y parlamentarismo, o entre sistemas electorales mayoritarios y minoritarios, hace las delicias de los politólogos, pero no determina la estabilidad ni la calidad del gobierno. El éxito de la democracia depende de otras dos cosas: de la tolerancia hacia el otro y de la contención institucional, es decir, de la decisión de hacer menos de lo que la ley me permite. En efecto, las constituciones no obligan a tratar a los rivales como contrincantes legítimos por el poder ni a moderarse en el uso de las prerrogativas institucionales para garantizar un juego limpio. Sin embargo, sin normas informales que vayan en ese sentido, el sistema constitucional de controles y equilibrios no funciona como previeron Montesquieu y los padres fundadores de eeuu, ni como esperaríamos los que adaptamos ese modelo en otras latitudes. El primer desafío, entonces, es comportarnos más civilmente de lo que la ley exige.

La segunda lección es que las prácticas de la tolerancia y la autocontención fructifican mejor en sociedades homogéneas… o excluyentes. El éxito de la democracia estadounidense se debió tanto a su Constitución y a sus partidos como a la esclavitud primero y a la segregación después. El desafío del presente consiste en practicar la tolerancia y la autocontención en una sociedad plural, multirracial e incluso multicultural, donde el otro es a la vez muy distinto de nosotros y parte del nosotros. Este reto interpela a todas las democracias.La tercera lección es que el problema de la polarización está en la dosis. Un poco de polarización es bueno, porque la existencia de alternativas diferenciadas mejora la representación; pero un exceso es perjudicial, porque dificulta los acuerdos y, en consecuencia, empeora las políticas. El desafío de los demócratas no consiste en eliminar la grieta sino en dosificarla. Levitsky y Ziblatt lo dicen así:

La polarización puede despedazar las normas democráticas. Cuando las diferencias socioeconómicas, raciales o religiosas dan lugar a un partidismo extremo, en el que las sociedades se clasifican por bandos políticos cuyas concepciones del mundo no solo son diferentes, sino, además, mutuamente excluyentes, la tolerancia resulta más difícil de sostener. Que exista cierta polarización es sano, incluso necesario, para la democracia. Y, de hecho, la experiencia histórica de las democracias en la Europa occidental nos demuestra que las normas pueden mantenerse incluso aunque existan diferencias ideológicas considerables entre partidos. Sin embargo, cuando la división social es tan honda que los partidos se asimilan a concepciones del mundo incompatibles, y sobre todo cuando sus componentes están tan segregados socialmente que rara vez interactúan, las rivalidades partidistas estables acaban por ceder paso a percepciones de amenaza mutua. Y conforme la tolerancia mutua desaparece, los políticos se sienten más tentados de abandonar la contención e intentar ganar a toda costa. Eso puede alentar el auge de grupos antisistema que rechazan las reglas democráticas de plano. Y cuando esto sucede, la democracia está en juego.5

Levitsky y Ziblatt concluyen su análisis con una herejía: afirman que los padres fundadores de eeuu estaban equivocados. Sin innovaciones como los partidos políticos y las normas informales de convivencia, afirman, la Constitución que con tanto esmero redactaron en Filadelfia no habría sobrevivido. Las instituciones resultaron ser más que meros reglamentos formales: están envueltas por una capa superior de entendimiento común de lo que se considera un comportamiento aceptable. La genialidad de la primera generación de dirigentes políticos estadounidenses «no radicó en crear instituciones infalibles, sino en que, además de diseñar instituciones bien pensadas, poco a poco y con dificultad implantaron un conjunto de creencias y prácticas compartidas que contribuyeron al buen funcionamiento de dichas instituciones»6. Para muchos, la llegada al poder de Donald Trump señala el fin de esas creencias y prácticas compartidas. La pregunta que aflora es si pueden las instituciones sobrevivir sin ellas y por cuánto tiempo.

Los nuevos desafíos

Los seres humanos estamos viviendo la mejor etapa de nuestra historia. Nunca antes fuimos tantos ni tan saludables ni tan democráticos. Sin embargo, en Occidente creemos otra cosa: presentimos que, por primera vez en décadas, la próxima generación vivirá peor que la actual. Ambas cosas son ciertas: aunque Occidente lideró el progreso global en los últimos dos siglos, hoy son las sociedades no occidentales las que más crecen. Al mismo tiempo, en Occidente aumenta la desigualdad. Ante la acumulación de frustraciones y la deprivación relativa, es decir, la percepción de que a los demás les va mejor que a nosotros, la ciudadanía se rebela en las urnas y en las calles. Las democracias enfrentan tiempos turbulentos que, sin embargo, no serán homogéneos. El impacto será diferente entre la vieja Europa y los siempre renovados eeuu, pero también entre ambos y América Latina, denominada por Alain Rouquié «extremo Occidente». Junto con el argentino Guillermo O’Donnell, el politólogo estadounidense Philippe Schmitter es uno de los padres de la transitología –es decir, el estudio de las transiciones democráticas–7. Su objeto de estudio es lo que él llama, parafraseando al «socialismo realmente existente» con que se justificaban las limitaciones del sistema soviético, las «democracias realmente existentes». Según Schmitter, no hay nada nuevo en el hecho de que las democracias estén en crisis. La distancia entre el ideal democrático y los regímenes efectivos siempre exigió ajustes constantes, así que la capacidad adaptativa, tanto como las crisis, es un elemento constitutivo de las democracias reales. Para Schmitter, la gravedad de la crisis actual se debe a que involucra un conjunto de desafíos simultáneos en vez de consecutivos, que podían enfrentarse mediante reformas graduales. La crisis económica coexiste con la de legitimidad, y los cambios en la estructura económica se superponen con las transformaciones de la comunicación de masas. Por si fuera poco, existen amenazas, pero no alternativas a la democracia, como las que podía presentar la Unión Soviética. La reputación del régimen depende de su desempeño. El emperador democrático está desnudo y sus súbditos lo han notado. La incertidumbre y la turbulencia quizás ya no sean trazos de época sino una constante de la democracia que viene. El populismo es uno de sus síntomas más ubicuos.

Antes de seguir, corresponde una aclaración: el populismo es un fenómeno que se manifiesta en democracia. Regímenes como el de Maduro en Venezuela o Daniel Ortega en Nicaragua ya no son populistas, sino autoritarios. Una vez dicho esto, la exacerbación del populismo, entendido como la concepción maniquea de un pueblo victimizado por una oligarquía, puede corroer y, en casos extremos, terminar con la democracia. En un artículo de 2018 titulado «¿Los pobres votan por la redistribución, contra la inmigración o contra el establishment?», Paul Marx y Gijs Schumacher publicaron los resultados de un experimento realizado en Dinamarca8, pero no es difícil percibir lo bien que viaja a otras regiones. En él muestran que los electores de clase baja votan por razones diferentes a los de clase media y alta. Sorprendentemente, la causa no es la inmigración: sobre esa cuestión no hay discrepancias. Lo que distingue a los pobres es su propensión a votar en contra de los partidos establecidos y de los políticos de carrera aun en perjuicio de sus propios intereses, por ejemplo, avalando propuestas de retracción de las políticas sociales. Cuando se enojan, los pobres cometen una herejía teórica y dejan de votar con el bolsillo. Los partidos democráticos están en peligro si no entienden que la rabia puede más que el interés.

El sociólogo italoargentino Gino Germani describía la fuente del populismo como «incongruencia de estatus». En el caso del peronismo, o del populismo latinoamericano en general, esto significaba que sectores que habían ascendido económicamente no encontraban reconocimiento político y social, y lo procuraban a través de un liderazgo que les prometía romper el orden oligárquico. El populismo de los países desarrollados invierte esta lógica: aquí la incongruencia se debe a que sectores previamente dominantes se sienten amenazados por grupos sociales ascendentes, sean minorías étnicas como en eeuu o inmigrantes como en Europa. La declinación de estatus relativo anuda los fenómenos de Trump, el Brexit, Matteo Salvini y Viktor Orbán.

Justamente, los nuevos nacionalismos europeos ponen en cuestión no solo la democracia sino también su mayor subproducto internacional: la integración regional. Entendida como un proceso por el cual Estados vecinos fusionan parcelas de soberanía para decidir en conjunto sobre problemas comunes, la integración encontró en la Unión Europea a su pionera y su caso más avanzado. El Brexit es solo una de las tres crisis que enfrenta actualmente, siendo la de la inmigración y la del euro más amenazadoras para su integridad.

En otras regiones, la amenaza a la integración es menos grave: después de todo, no puede desintegrarse lo que no se ha integrado. En América Latina, por ejemplo, la integración regional es un discurso que no echó raíces. A pesar de algunos avances en la coordinación de políticas y la circulación de personas, las fronteras latinoamericanas siguen siendo caras y duras. Las fronteras formales, eso sí. Porque donde la región ha avanzado mucho es en la integración informal, aquella que no realizan los tratados sino los bandidos. Las tres áreas en las cuales las sociedades latinoamericanas más se han integrado son la corrupción, el contrabando y el narcotráfico. En las tres, pero sobre todo en la primera, hay activa intervención estatal; en las otras dos el Estado es responsable, pero sobre todo, víctima. Es esperable que una cuarta dimensión de la integración también sea informal, involucre mucho dinero y tenga alto impacto político: se trata de la transnacionalización de las religiones organizadas. Las religiones evangélicas, en particular, consolidarán sus redes regionales beneficiadas por el acceso al poder en dos países claves, Brasil y México. Si los Estados nacionales no fortalecen la vigencia de la ley y la capacidad de implementarla en todo su territorio, la integración latinoamericana será, cada vez más, un asunto de predicadores y de delincuentes. Como sus democracias, diría un mal pensado.

La realidad es menos escabrosa, aunque no tranquilizadora. Hoy la democracia latinoamericana corre menos riesgo de ruptura o captura mafiosa que de irrelevancia. El sentido común y la investigación académica coinciden en una cosa: la economía es el principal determinante de los resultados electorales. Así como la recesión favorece a la oposición, el crecimiento económico favorece al gobierno porque los electores lo responsabilizan por el desempeño. Esto es cierto en los países centrales, donde el buen resultado de las políticas públicas depende sobre todo de factores internos. Pero ¿qué ocurre en los países periféricos, donde la economía depende de factores externos? Los politólogos brasileños Daniela Campello y Cesar Zucco demostraron que, en América del Sur (atención: no en toda América Latina), la popularidad de un presidente y sus chances de reelección dependen de dos variables que le son ajenas: el precio de los recursos naturales y la tasa de interés internacional9. El precio de los recursos naturales determina el valor de las principales exportaciones de estos países y es fijado sobre todo por el crecimiento de China. La tasa de interés determina la disponibilidad de capitales para la inversión extranjera y es fijada sobre todo por el Banco Central de eeuu (la famosa Fed). Así, cuando los recursos naturales están caros y las tasas de interés bajas, se reelige a los presidentes; cuando se invierte la relación, la oposición triunfa. Esta dinámica tiene efectos negativos sobre la democracia, porque buenos gobiernos pueden ser expulsados por culpa de los malos tiempos, mientras que malos gobiernos se mantienen en el poder gracias a vientos que no generaron. Probablemente, la salida para este dilema de la democracia no sea mejor información política, sino más desarrollo económico.

Esta discusión nos conduce a un caso extremo, que combina colapso económico con ruptura democrática: Venezuela. Los politólogos tradicionales asumimos erróneamente al Estado como algo dado y estudiamos el poder en términos de régimen político. Así, cuando vemos un régimen autoritario, esperamos que en algún momento se derrumbe y dé inicio a una transición democrática. Y creyendo hicimos creer. Ahora la mayoría de los venezolanos espera que el gobierno de Maduro se termine, sea por golpe interno o por intervención externa, y que la democracia reconstruya el país. Pero la democracia es un mecanismo para elegir al chófer que maneja el auto del Estado, y en Venezuela ese auto no tiene motor. La economía venezolana no produce el 80% de lo que consume, incluyendo alimentos y medicamentos; solo produce petróleo –y cada vez menos–. Dado que eeuu, su principal socio comercial, se tornó autosuficiente en gas y reduce a ojos vista su dependencia del petróleo extranjero, su interés en la reconstrucción venezolana es inferior a los costos que podría acarrear. Así, de los dos países que tienen recursos suficientes para reconstruir un país de este tamaño, solo China tendría interés en hacerlo, y no gratis. En este contexto de ruina económica, autoritarismo político y levantamiento popular, los escenarios que se abren para la República Bolivariana son cinco. La comparación con casos semejantes ayuda a graficarlos.

El primer escenario es una transición democrática exitosa como la que atravesó Túnez, la cuna de la «primavera árabe». En ese país lograron meter en un avión al presidente autocrático Ben Ali, mandarlo al exilio en Arabia Saudita y establecer un régimen democrático y pluralista. Los venezolanos optimistas se ilusionan con seguir el mismo camino y jubilar a Maduro en Cuba o España. Probabilidad: baja. El segundo escenario es menos alentador y consiste en la vía egipcia, en la que la marea prodemocrática consiguió derribar al dictador Hosni Mubarak pero, después de un breve experimento democrático, el régimen autoritario consiguió reequilibrarse bajo otro liderazgo. Un bolivarianismo sin Maduro aparece como una alternativa viable, que reduciría la presión sobre el régimen sin cambiarlo. El tercer escenario es Zimbabue, un país devastado donde autoritarismo e inflación convivieron durante años sin poner en causa al régimen. La destitución final de Robert Mugabe, después de 37 años en el poder, no abrió las puertas de la democracia ni resolvió los problemas económicos. Esta es la situación venezolana por default.

El cuarto escenario es Libia, un país extenso y poco poblado en el que una intervención extranjera mal planeada y mal implementada quebró el monopolio de la violencia ejercido por Muamar Gadafi y falló en construir otro. La consecuencia fue la desaparición efectiva del Estado, cuya supervivencia nominal camufla a una miríada de grupos tribales y mafiosos que se reparten el control territorial y los recursos naturales. Visto el descontrol de las fronteras venezolanas y la presencia de organizaciones criminales colombianas en su territorio, este desarrollo es cada vez más verosímil. El quinto escenario es Siria, un país en guerra civil donde los bandos no coexisten fragmentariamente, como en Libia, sino que se disputan militarmente el territorio. La probabilidad de esta evolución es baja porque las armas, en Venezuela, están todas del mismo lado. La posibilidad de que China invierta sumas astronómicas para extraer recursos naturales de Venezuela decrece del primero al cuarto escenario y desaparece en el quinto. Ello presenta una paradoja: cuanto mejor le vaya a la democracia venezolana, mayor probabilidad tendrá de convertirse en un protectorado económico.

Como alternativas a la democracia liberal, el fascismo y el comunismo quedaron fuera de combate en el siglo xx. La tragedia venezolana y su posible deriva china exhiben las dos alternativas que se le alzan en el siglo xxi: de un lado, la ineficiencia utópica del liderazgo carismático; del otro, la eficiencia distópica de la autocracia digital. La democracia será menos utópica o menos eficiente que sus rivales, pero, como quería Karl Popper, seguirá siendo el único régimen político que nos permita librarnos de nuestros gobernantes sin derramamiento de sangre.

  • 1.A. Lührmann y S.I. Lindberg: «A Third Wave of Autocratization is Here: What is New about It?» en Democratization, 1/3/2009.
  • 2.A. Pérez Liñán: Juicio político al presidente y la nueva estabilidad política en América Latina, FCE Buenos Aires, 2009.
  • 3.L. Marsteintredet y A. Malamud: ob. cit.
  • 4.S. Levitsky y D. Ziblatt: Cómo mueren las democracias, Ariel, Barcelona, 2018.
  • 5.Ibíd., p. 137.
  • 6.Ibíd., p. 247.
  • 7.P.C. Schmitter: «Real-Existing Democracy and its Discontents», trabajo presentado en el ISCTE/Instituto Universitario de Lisboa, Lisboa, 22/3/2019.
  • 8.P. Marx y G. Schumacher: «Do Poor Citizens Vote for Redistribution, Against Immigration or Against the Establishment? A Conjoint Experiment in Denmark» en Scandinavian Political Studies vol. 41 No 3, 2018.
  • 9.D. Campello y C. Zucco Jr.: «Presidential Success and the World Economy» en The Journal of Politics vol. 78 No 2, 2016.

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¿Justicia ciega? Los curiosos experimentos que muestran cómo los sesgos afectan a los jueces http://cec-azul.org/justicia-ciega-los-curiosos-experimentos-que-muestran-como-los-sesgos-afectan-a-los-jueces/ http://cec-azul.org/justicia-ciega-los-curiosos-experimentos-que-muestran-como-los-sesgos-afectan-a-los-jueces/#respond Fri, 26 Jul 2019 12:35:16 +0000 http://cec-azul.org/?p=1819 La entrada ¿Justicia ciega? Los curiosos experimentos que muestran cómo los sesgos afectan a los jueces aparece primero en Centro de Estudios Constitucionales.

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La Justicia quizá sea ciega, pero los jueces son humanos.

24 julio 2019

https://www.bbc.com/mundo/noticias-49093065?SThisFB&fbclid=IwAR047NRtlXu_w5EdeK11vZBt6dK-I0aiTUarUUWaoPYo7nW0xR-zLiyeuJE

Resulta que, después de todo, la justicia no es tan ciega.

Así lo exponen varios estudios realizados en Estados Unidos que investigaron distintas formas y factores que pueden influir en los jueces, al igual que ocurre con cualquier otra persona.

La sociedad espera que los jueces actúen de forma justa al tomar decisiones que afectan la vida de otras personas y que apliquen la ley como corresponde, basándose únicamente en los hechos que se les presentan.

Pero los humanos tenemos prejuicios inherentes y algunos de ellos pueden ser sorprendentes.

La importancia de un nombre

Jeffrey J. Rachlinski es profesor de Derecho en la Universidad Cornell (EE.UU.) y ha pasado los últimos 20 años al frente de varios estudios sobre el sesgo de los jueces.

Un preso sin identificar mira por la ventana mientras un funcionario de prisiones se dispone a cerrar la celdaDerechos de autor de la imagenPA MEDIA
Image captionJeffrey Rachlinski halló que las sentencias pueden verse afectadas por números en los que los jueces piensan por razones no relacionadas con el caso en cuestión.

Una de sus investigaciones más conocidas se centró en cómo les afecta a los jueces el llamado «anclaje»; es decir, el fenómeno por el que una persona se apoya en exceso sobre una pieza de información inicial que actúa como un ancla porque se engancha en su mente al tomar una decisión sobre un tema.

Como parte del estudio se les presentó a varios jueces un caso hipotético en el que un club nocturno ficticio había violado una directriz

A los jueces se les ofrecieron todas las circunstancias y la información legal que necesitaban para fallar sobre el caso, y se les dijo que el club se llamaba como la dirección en la que estaba situado: para la mitad de ellos el nombre fue Club 55 y para la otra mitad fue Club 11866.

«La multa fue tres veces más alta en el grupo en el que el local se llamaba Club 11866″, escribió Rachlinski más tarde, y eso ocurrió simplemente «porque 11.866 es un número más alto que 55», dijo.

Cuando el orden de factores sí altera el producto

A medida que los investigadores continuaron estudiando los efectos del anclaje emergieron otros patrones.

En otra situación ficticia se les pidió a los jueces que sentenciaran a dos convictos cuyos crímenes acarreaban distintas penas de cárcel: un año o nueve años.

«Cuando condenaron primero al criminal de la pena de un año, le impusieron al segundo una pena de seis años en lugar de nueve», relata Rachlinski.

«Al haber condenado poco antes a un hombre a un año, nueve años parecían demasiados, así que redujeron la sentencia para la segunda persona», explica.

«Pero cuando revertimos el orden con otro grupo de jueces y condenaron primero al criminal de la pena de nueve años, al de un año le impusieron una sentencia de dos años, porque uno solo no pareció suficiente».

Una jueza apuntando con la maza
La sociedad espera que los jueces sean justos y apliquen la ley según los hechos.

En estudios posteriores, los jueces impusieron penas más cortas cuando las consignaban en meses en lugar de en años.

Veredicto desde las entrañas

Hay un viejo dicho estadounidense sobre leyes que dice: «La justicia es lo que el juez comió para desayunar«.

Probablemente nos guste pensar que magistrados con experiencia no se pueden ver afectados por algo tan banal como las horas de comida, pero los estudios indican que ahí también hay un sesgo.

Un estudio de 2011, realizado en la Escuela de Negocios de Columbia por el profesor Jonathan Levay mostró que los jueces se inclinan más a conceder libertad condicional después de una pausa para comer, pero no tanto cuando el día se alarga.

Levay y su equipo estudiaron 1.112 decisiones sobre libertad condicional emitidas por ocho jueces experimentados en Israel en un período de 10 meses.

El 65% de los casos en los que los jueces habían comido un snack o habían tenido un descanso para comer recibieron libertad condicional, tal como se publicó en la revista oficial de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos.

Pero a medida que el día avanzó, la tasa de fallos favorables a la condicional bajó gradualmente, algunas veces hasta ninguna, solo para regresar al 65% después de otro descanso.

Un juez con cara de antipático sosteniendo una maza y un libro
Según un viejo dicho, «la justicia es lo que el juez comió para desayunar».

Los investigadores no pudieron establecer si esto fue por los efectos en el juez de haber comido algo o el descanso mental, pero Shai Danziger, uno de los coautores del estudio, dijo que los resultados indican que «variables externas pueden influir en las decisiones judiciales».

«Esto reafirma el creciente número de estudios que apuntan a la susceptibilidad de jueces experimentados a los sesgos psicológicos», señaló Danziger.

Creencias arraigadas

Otro estudio publicado en abril de 2018 se centró en el prejuicio de género de más de 500 jueces (68% hombres, 30% mujeres y 2% sin identificar) del régimen de tribunales de un determinado estado de EE.UU.

El régimen específico no fue identificado porque comisionó el estudio para ayudar a abordar el problema.

Los investigadores les dieron a los magistrados dos casos imaginarios que estaban relacionados con custodias de niños y discriminación sexual, y los demandantes eran hombre o mujer.

Los jueces rellenaron previamente una encuesta en la que respondieron a cuestiones sobre roles de género tradicionales que incluían estereotipos como «las mujeres están más interesadas en criar niños» o «a las familias les va mejor si el hombre es el cabeza de familia».

Andrea Miller, una de las investigadoras de este estudio y profesora en la Universidad de Illinois, reportó sus hallazgos en la revista Social Psychological and Personality Science: los veredictos de los jueces reproducían sus ideas preconcebidas sobre los roles de género.

Una juez observa mientras una mujer declara en un juicio
Un estudio halló sesgos de género acordes a los propios prejuicios de los jueces sobre los roles de hombres y mujeres.

Lo más inquietante es el hecho de que cuando el equipo de investigadores condujo las mismas pruebas con una muestra de 500 personas comunes encontraron que el sesgo entre jueces es más fuerte que el del público general.

«Las ideas culturales sobre el género pueden moldear la toma de decisiones de los jueces tanto como pasa con cualquiera de nosotros», señaló Miller.

«La pericia de los jueces no los inocula contra los prejuicios a la hora de emitir fallos».

Los jueces son humanos

Hay cada vez más investigaciones que muestran algo que no debería sorprendernos: los jueces son personas también.

Terry Maroney es profesora de Derecho en la Universidad Vanderbilt en Estados Unidos y da clases a jueces recién nombrados en un programa que, de forma cariñosa, se conoce como «escuela de pequeños jueces».

La iniciativa fue creada por el Congreso de EE.UU. en los años 60 «para asegurar que las personas tienen lo que necesitan para hacer el trabajo», explicó Jeremy Fogel, director del Centro Judicial Federal y responsable de la formación en esta escuela.

Desde 2013, a estos jueces también se les enseña a ser conscientes de cómo sus emociones pueden afectar sus decisiones. indicó Maroney en una entrevista para el podcast Against the Rules.

«Hemos mantenido esta extraña ficción de que la emoción es irrelevante al derecho y que las leyes están ligadas a la racionalidad cuando prácticamente todas las demás disciplinas en el mundo entienden que la emoción es central en todos los aspectos de la vida humana», expuso Maroney.

Maroney anima a los jueces a considerar sus emociones cuando van a emitir un veredicto, y dice que los jueces menos dispuestos a reconocer sus sesgos son más propensos a cometer errores.

Una maza de juez colocada sobre una mesa de maderaVarios estudios se han centrado en examinar factores externos que pueden influir en los juicios.

Desaprender el prejuicio

James Redwine, juez retirado y columnista de un periódico en Indiana, está de acuerdo.

Dice que el tema no es «si los jueces tienen prejuicios, sino si pueden asegurarse de que otras personas no se ven afectadas por esos prejuicios».

En un artículo escrito para el National Judicial College, recordó el caso de una niña de 12 años afroestadounidense que denunció que fue violada por cinco adolescentes también afroestadounidenses.

El juez Redwine, que tiene raíces indígenas pero describe su crianza como más cercana a la élite blanca de EE.UU., admitió que instintivamente se encontró «incapaz de juzgar justamente» a los chicos negros que estaban ante él porque quería ponerse del lado de la niña.

Pero a medida que el caso progresó, el jurado -formado casi totalmente por afroestadounidenses- fue capaz de ver las cosas de forma más matizada.

Se llamó a varios testigos y el tribunal pudo establecer que el caso no era exactamente tal y como parecía al principio.

«Fácilmente podía haber dejado que mis prejuicios ayudaran a crear varios errores judiciales graves», reconoció el juez.

Convencido de que «el prejuicio es una característica aprendida», Redwine añadió: «Hoy, cuando juzgo, aspiro a desaprender esas lecciones».

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Elogio de la ranchada como experiencia humana

Imagen Jean Léon Pallière, “Idilio criollo” (1861)

Alguna vez realicé una intervención pedagógica, como tutor, de unx alumnx atravesadx por múltiples variables del deterioro social. En síntesis, era prácticamente imposible sostener su escolaridad en una adolescencia vivida entre desbordes, en los márgenes, y rebotando entre calabozos, transas manipuladores y el dolor profundo de una familia destruida que alguna vez lx supo contener.

Los docentes tenemos un terreno profesional, el que nos indica que tenemos que enseñar contenidos de acuerdo a determinados criterios pedagógicos y estrategias didácticas. Pero, en una escuela pública que está presa –¿cómo no estarlo?– de los desastres sociales y vinculares que traen nuestrxs alumnxs en su mochila –como un capital vital hecho jirones–, la tarea exclusivamente docente queda en un segundo plano muchísimas veces. Ahí aparece un segundo círculo concéntrico, el de los protocolos de actuación y los contactos con agencias externas a la escuela que deberían atajar esos desastres. Pero cuando también fallan –porque no están, porque son pocos, porque trabajan a contramano–, el tercer círculo es el de nuestra intuición. Es entonces cuando nos movemos entre los blancos y los silencios de nuestros marcos teóricos, normativos, pedagógicos y didácticos, y volvemos a reinventar nuestra profesión. Reinvenciones que, naturalmente, quienes muchas veces gobiernan políticamente el sistema educativo no saben que existen. Y que son nada más ni nada menos que la famosa “innovación educativa”. Y que tiene menos de innovación que de sentido común.

Pues bien, un día, casi sin ideas de por dónde más intervenir, lx fui a buscar a la placita, donde todos los docentes de la escuela sabemos que se juntan lxs pibes, a ranchar, a fumar, a escuchar hip hop en un parlante bluetooth saturado, a sacarse selfies para subir a Instagram. Y ahí estaba él/ella, efectivamente, recitando versos traperos –o hip hoperos: no lo sé, estoy viejo–, al sol, detrás de un arbusto. Ahí estaba yo, en esa área grisísima entre la profesionalidad y la intuición. Le dije que necesitaba dejar un par de cosas en claro para seguir la intervención, y le pagué una Sprite en un bar de la esquina.

–Me molestó un poco que me sacara de ahí, profe, yo estaba con mis amigos. –arrancó.

***

Jonathan Crary, en su libro “24/7: el capitalismo tardío y el fin del sueño”, describe un poco algunas características de esta etapa de la posmodernidad, en que las mediatizaciones afectan cada acto o gesto singular y humano de nuestras vidas. Mediatizaciones que tienen en los dispositivos –celulares, tablets– y en sus aplicaciones el canal de transmisión esencial para poder desarrollarse. Debemos estar en las redes para existir, para estar informados, para recordar a nuestros muertos, para mostrar a nuestro gato o cómo crecen nuestrxs hijxs. Debemos compartirla música que escuchamos, nuestra sesuda reflexión sobre la última noticia, una foto de nuestra cena recién hecha. O todo eso nunca existió. Pero al hacerlo, estamos engordando las multimillonarias ganancias de 4 empresas transnacionales –Google, Amazon, Facebook, Apple–, que se dedican precisamente a explotar nuestro narcicismo para venderlo en forma de paquetes de perfiles de consumidores. Y nosotros, felices: jugamos a ser viejitos con una aplicación rusa. Vivir la vida en las redes –filmar un recital al que asistimos para luego compartirlo, ¿en vez de? disfrutarlo–, o el anonimato absoluto. El infierno de esta época es que nadie se entere de que existimos.

¿Y en la escuela qué pasa? “Los chicos están todo el tiempo con el celular”. “El otro día en mi clase Soraya se sacaba selfies. Es una falta de respeto”. Lxs adolescentes parecen colonizadxs por los celulares, a pura selfie y app, a puro Fortnite, Spotify y YouTubers.

Jonathan Crary diría que se se va agotando, para lxs adolescentes, el stock de la experiencia humana: de leer un libro en soledad, de tener charlas profundas mate de por medio, de dedicarle tiempo a hacer un viaje a la costa con una tía amorosa y disfrutarlo. Parecen, a nuestros ojos adultos, seres en crecimiento defectuoso, no como nosotros, que vivíamos la vida tratando de encontrarle la vuelta al aburrimiento –leyendo las revistas viejas de nuestra abuela, por ejemplo–, sin ir corriendo al celular. No son como nosotros. Nosotros, los adultos, no hemos perdido esa “experiencia humana” –aunque transitamos el mercado sexoafectivo por Tinder–, somos seres del siglo XX, ah, tantos recuerdos.

Sin embargo, lxs alumnxs charlan en el recreo, se pasean por los pasillos de la escuela, se besan, prenden sus parlantes bluetooth, uno agarra una guitarra y ensaya algunas notas.

Sin embargo, cuando se van, ranchan. En la plaza. Fumando, escuchando trap –o hip hop–, sacándose selfies abrazadxs.

***

Lxs adolescentes suelen ser el blanco de los discursos más violentos de la sociedad, en general, hacia cualquier grupo etario. “Son peligrosos”, “se drogan”, “andan borrachos”, “entran en excesos”, “son promiscuos”, “no se cuidan”, “son inestables”, “son víctimas automáticas de la maldad de un sistema consumista”. “Son fácilmente influenciables”, “no les interesa nada”, “son unos irrespetuosos”, “escuchan esa música horrible”.

La sociedad se siente muy cómoda etiquetando a lxs adolescentes, tan difíciles de etiquetar. Ninguna etiqueta hacia ellxs, por cierto, suele ser buena. El propio nombre de esa etapa de la vida dice mucho: adolescer es estar en camino hacia la adultez. No son niñxs, pero tampoco adultos: son demasiado chicxs para algunas cosas y demasiado grandes para otras. Son una transición. Una transición de granos, fluidos, caprichos y desafío a los adultos.

Y ranchan. Y en esos grupos de 6, 7, 10 adolescentes echados al sol en una plaza, tal vez fumando un porro, los adultos vemos decadencia, tenemos frente a nuestros ojos la prueba cabal del deterioro cultural y moral de la Nación. Como si no hubiéramos sido adolescentes, como si no nos hubiéramos echado al sol a cantar o escuchar música o tomar una cerveza o una Coca. Como si no hubiéramos detectado las caras de espanto en algunxs viejxs de mierda que nos miraban con asco. Como si hubiéramos nacido adultos y maduros.

Pues bien, en esa “ranchada” hay una experiencia humana maravillosa. Vaya a saber qué charlan, qué decodifican de la música que escuchan, cómo los interpelan esas letras, la anécdota, la pelea que pasó ayer, ese profe que siempre quiere hablar de política. Como también el recreo. ¿Y si la insistencia al celular durante el horario de clase es, en realidad, un intento de extender la experiencia humana reciente, con su amigx del otro curso? ¿Y si se truncó una conversación clave, intensa, dramática, que es absolutamente necesario continuar?

¿Y si lxs adolescentes usan los dispositivos de manera mucho más parecida a nosotros mismos, que en realidad les cargamos las tintas de una acriticidad de la que nosotros también adolecemos?

Esos discursos pregnan nuestro trabajo docente, todo el tiempo. La subestimación de nuestrxs alumnxs y de sus deseos, la invisibilización de sus propios espacios de experiencia humana que, efectivamente, están puestos en cuestión –como los nuestros propios, desde ya–, condicionan la mirada que tenemos hacia ellxs. O paternalisticamente compasiva, o brutalmente autoritaria. Es muy difícil, ya han escrito muchos, ser adulto a cargo de menores en estas épocas (yo escribí algo acá).

***

Le había molestado que lo apartara de sus amigxs: hay una lógica indestructible, un reclamo sagrado en esa queja. Lx saqué, seguramente, de un momento de paz.

Me propuse, como docente, a partir de entonces incentivar a mis alumnxs a que se echen al sol en las plazas a escuchar música. A que charlen con sus amigxs, como han hecho hasta ahora, pero tal vez a que aprendan a valorar y siempre darle lugar a esos espacios, a esa “pérdida de tiempo de nuestros jóvenes”.

El mundo que se les viene encima es un mundo donde estamos trabajando y consumiendo las 24 horas, donde el ocio pleno no existe –mirar una serie en Netflix, o siquiera navegar la aplicación, es un acto de consumo que pagamos no sólo con el abono mensual sino con datos sobre nuestra conducta–. Así que trataré, en el futuro, de hacerles saber la importancia de conservar esa experiencia humana –de la que el aula es un espacio privilegiado, como analizaré tal vez en otro post–, de valorizar ese encuentro, esa pausa.

Tirarse a ranchar en la placita es sagrado. Deben cuidar ese momento, no hacernos caso a lxs viejxs de mierda, y escucharse las risas en vivo, secarse las lágrimas, convidarse una seca. Y escuchar trap –o hip hop– en un parlantito que satura.

La entrada Elogio de la ranchada como experiencia humana aparece primero en Centro de Estudios Constitucionales.

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Por qué necesitamos una universidad gratuita para todos, incluso para los ricos http://cec-azul.org/por-que-necesitamos-una-universidad-gratuita-para-todos-incluso-para-los-ricos/ http://cec-azul.org/por-que-necesitamos-una-universidad-gratuita-para-todos-incluso-para-los-ricos/#respond Tue, 16 Jul 2019 21:44:15 +0000 http://cec-azul.org/?p=1808 La entrada Por qué necesitamos una universidad gratuita para todos, incluso para los ricos aparece primero en Centro de Estudios Constitucionales.

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Meagan Day 

12/07/2019  Sin Permiso
http://www.sinpermiso.info/textos/por-que-necesitamos-una-universidad-gratuita-para-todos-incluso-para-los-ricos

NOTA NUESTRA: Argentina está años luz avanzada en términos de igualdad de oportunidades en la educación superior, mal le pese a los privatizadores. Defendamos la educación pública y gratuita.
Los centristas afirman que la universidad gratuita es un regalo para los ricos. Pero eso no es más que una cortina de humo tras la cual se esconde su oposición a los programas sociales universales.

«Ahora bien, soy un poco diferente de aquellos que piden universidad gratis para todos», aclaró Hillary Clinton en 2016, apuntando a su oponente en las primarias demócratas, Bernie Sanders. «No estoy a favor de que la universidad sea gratis para los hijos de Donald Trump».

Con esta objeción, Clinton pareció vencer a Sanders, el líder político de la nación en asuntos de desigualdad económica, en su propio terreno. Ella se enfrentaba a los ricos, o eso parecía. Su argumento era que la universidad pública universal y gratuita sería un regalo para los ricos, que no necesitan ninguna ayuda para obtener un título.

En su lugar, Clinton abogaba por aumentar la ayuda financiera pública y ajustar los requisitos de elegibilidad, haciendo que el acceso a la universidad fuera más fácil para un subconjunto de estudiantes de bajos ingresos, pero continuando con la obtención de ingresos por matrícula de quienes no cumplieran criterios específicos. Este enfoque político, conocido como tarifación por renta o tarifación social, es el que apoyan los moderados en el Partido Demócrata. (Por su parte, los republicanos están menos inclinados a los matices y es sabido que asaltan agresivamente los programas sociales siempre que les es posible).

Pero, a pesar de las apariencias, la atracción de los demócratas por la tarifación por renta no está arraigada en un compromiso firme con la igualdad máxima. Dicho claramente, les gusta la tarifación por renta porque los programas sociales selectivos cuestan menos dinero público que los programas sociales universales. La tarifación por renta les permite limitar los impuestos a su base de donantes de clase dominante y, a la vez, apaciguar superficialmente a su base de votantes de clase trabajadora. La tarifación por renta es una expresión de la tímida política centrista del establishment demócrata, y su oposición a la universidad gratuita no es otra cosa.

Ahora, la universidad pública universal y gratuita está de nuevo en el centro de atención, con Sanders postulándose nuevamente para la presidencia y acompañado por Elizabeth Warren, defensora de estas mismas ideas. Y el razonamiento de Clinton también ha regresado, esta vez claramente articulado por el candidato presidencial Pete Buttigieg. Buttigieg ha añadido un giro al argumento: las personas que van a la universidad provienen de familias más ricas, por lo que hacer que la universidad pública sea gratuita sería subvencionar públicamente a los ya privilegiados. Como si los altos precios de matrícula no fueran la causa obvia de este estado de cosas.

Al igual que Clinton, Buttigieg prefiere las ayudas económicas según renta, y expresa su aversión a los programas sociales universales como política consciente de la desigualdad. Pero la supuesta preocupación del centro político por subvencionar a los ricos es un juego de manos. La tarifación por renta no trata de defender a los pobres contra los ricos: es un método tradicional de aplacar a ambos a la vez, en última instancia a expensas de los primeros. La única manera de luchar por los intereses de la mayoría de clase trabajadora contra la minoría adinerada es construir programas sociales universales que puedan resistir ataques durante las próximas décadas.

¿Quién paga realmente?

Hay grandes errores en el pensamiento de los demócratas centristas acerca de la universidad pública gratuita, y merecen un buen descrédito.

Por un lado, la cuenta centrista ignora el hecho de que los planes de Sanders y ahora los de Warren se financian mediante impuestos progresivos. En ambos escenarios, las personas que más pagan por la universidad pública gratuita para todos son los ricos. La diferencia es que el pago toma la forma de impuestos colectivos a lo largo de toda la vida, no de costos de matrícula individuales en el transcurso de algunos años. Si asistiera a una universidad pública, a Barron, al hijo de Donald Trump no se le cobraría la matrícula, pero tampoco estudiaría  exactamente de forma gratuita. Su familia pagaría más, año tras año, por la existencia de un sólido sistema público de enseñanza superior.

Pero Barron Trump probablemente no estudiará en una universidad pública. Los ricos suelen enviar a sus hijos a universidades privadas de élite, como hizo Donald Trump con sus cuatro hijos mayores. Así, pues, en un futuro en el que las universidades públicas no cobren matrícula y estén financiadas por impuestos progresivos, los ricos harán una de estas dos cosas: pagar más impuestos y enviar a sus hijos a las mismas universidades públicas que todos los demás, o pagar más impuestos y además pagar la matrícula de las universidades privadas para mantener a sus hijos en entornos de élite.

Lo primero, aunque es poco probable que suceda al principio, sin duda mejoraría la calidad de la educación que se brinda en las universidades públicas, ya que los ricos de repente descubrirían que les importaba. Pero de cualquier manera, estarían invirtiendo mucho más dinero que sus compatriotas con bajos ingresos. Si los moderados realmente se opusieran a dejar que los ricos se salgan de rositas, no deberían tener reparos con los planes de Sanders y Warren, que obtienen de los ricos para financiar la universidad para todos.

Con el objetivo de reducir la brecha de riqueza, cobrar a los ricos es bueno por derecho propio. Pero no es la única razón por la que los progresistas y los socialistas quieren eliminar la matrícula en las universidades públicas. Nuestra visión no es solo de dónde proviene el dinero, sino a qué se dirige: la libertad de todas las personas para continuar su educación si lo desean, independientemente de las circunstancias de su nacimiento.

La gente no debería tener que ir a la universidad para poder alcanzar un nivel de vida decente. La búsqueda de la educación superior debería ser una elección personal, y los salarios y beneficios deberían ser lo suficientemente altos como para que alguien que elige no asistir a la universidad pueda llegar a fin de mes y más. Pero en este momento, los altos precios de matrícula y la deuda consiguiente son factores importantes que limitan la movilidad social y las opciones de vida para innumerables personas que pueden tener deseos de educación continua. Para la clase trabajadora, la situación está condenada tanto si estudian como si no: o renunciar a la universidad y así limitar las opciones de empleo, o adquirir una deuda importante para obtener un título. Esta es una situación insostenible, y debemos tomar medidas decisivas para ponerle fin.

Eliminar las barreras económicas para estudiar en la universidad es una de esas medidas. El plan de Sanders se extiende también a las escuelas de comercio; no se trata de glorificar un itinerario en particular o implicar que una educación universitaria debe ser necesaria, sino de ofrecer a todos la oportunidad de prepararse para el futuro como les parezca, sin provocar un daño económico importante a si mismos y a sus familias en el proceso.

Si la universidad fuera gratuita, veríamos cómo la demografía del cuerpo estudiantil cambiaría dramáticamente. Es cierto que las personas que estudian en la universidad hoy en día provienen de familias más bien estantes, pero eso no es necesariamente una realidad permanente; de hecho, es así en gran parte porque la universidad es muy cara. Eliminar los precios de matrícula sería un gran paso para hacer de la enseñanza superior y de las opciones de vida ampliada una posibilidad para las personas de clase trabajadora. Nuestro trabajo contra la desigualdad económica no terminaría allí, pero esa no es razón para no implementar una reforma completamente alcanzable que abra nuevos horizontes para millones de personas. En palabras de Sanders:

No eres realmente libre cuando te gradúas de la universidad con cientos de miles de dólares en deuda estudiantil. No eres realmente libre cuando no puedes cumplir tu sueño de convertirte en maestro, ambientalista, periodista o enfermero porque no puedes ganar suficiente dinero para cubrir los pagos mensuales de tu préstamo estudiantil. Y no eres realmente libre cuando la gran mayoría de los empleos bien remunerados requieren un título cuya obtención te condena a decenas o cientos de miles de dólares de deuda.

Montañas de burocracia

Pero, ¿por qué no podemos simplemente diseñar un sistema de ayuda financiera pública que identifique exactamente la cantidad de ayuda que cada persona necesita y la otorgue, en lugar de hacer que todo se financie con fondos públicos? Este es el ideal sostenido en voz alta por los proponentes de la tarificación por renta. El problema de esta propuesta es doble: es una pesadilla de ejecutar, y el resultado final es políticamente vulnerable. Dadas las confusas externalidades de la tarifación por renta, sería mejor gastar nuestras energías y recursos en la construcción de programas sociales universales que puedan superar la prueba del tiempo.

Los programas de tarifación por renta están diseñados para diferenciar, seleccionar y excluir, lo que significa que están protegidos por montañas de burocracia. El proceso de inscripción se vuelve laborioso, los criterios son estrictos y complicados, y los umbrales son arbitrarios, lo que significa que las personas entran y salen de la elegibilidad fácilmente, sin cambios drásticos en su nivel real de necesidad. Con frecuencia, las personas se retiran de los programas sin previo aviso, lo que les obliga a cambiar drásticamente el rumbo de sus vidas personales. Y los beneficios rara vez son completos: la mayoría de los beneficiarios de la ayuda federal para estudiantes solicitan préstamos, al igual que muchos beneficiarios de la asistencia social recurren a prestamistas para poder pagar sus facturas.

El precio de las universidades públicas aumentó un 34 por ciento entre 2006 y 2016, mientras que los salarios bajaron. Mucha gente no tiene suficiente dinero, pero un título universitario es cada vez más importante para las perspectivas de empleo. A veces, cuando alguien necesita una ayuda para la cual no es técnicamente elegible, toma decisiones extremas con el objetivo de obtenerla. En línea puede encontrarse quine aconseja que los estudiantes de último año de secundaria se casen para así excluir los ingresos de sus padres en el momento de solicitar ayuda financiera para estudiar en la universidad. También pueden encontrarse parejas bien avenidas considerando la posibilidad de divorciarse para poder recibir más ayuda financiera para la educación universitaria de sus hijos.

Semejantes decisiones son una consecuencia natural de un sistema confuso, arbitrario e impreciso, diseñado para excluir a las personas. La mayoría de los tramposos no son ricos; los verdaderos ricos pueden permitirse simplemente pagar la matrícula y seguir adelante, no necesitan matrimonios ni divorcios. Las personas que hacen esfuerzos extremos para obtener beneficios sujetos a una selección por renta probablemente se ubican justo por encima del punto de corte y tratan de evitar pedir préstamos que pueden hacerlos zozobrar.

En cualquier caso, los estafadores son extremos atípicos. La gran mayoría de las personas de la clase trabajadora que de otro modo podrían considerar ir a la universidad están simplemente demasiado intimidadas y desmoralizadas por el proceso de adquisición de ayuda financiera para siquiera intentarlo. En 2017, no fueron reclamados 2,3 mil millones de dólares en ayuda federal para estudiantes. Mientras tanto, la razón principal esgrimida por las personas por la que no estudian en la universidad es que ésta se percibe como económicamente inasequible. El programa de ayudas no está llegando a las personas a las que está destinado.

Esto es en realidad parte del atractivo de la tarifación por renta para los políticos centristas que han hecho promesas a la vez a los ricos y al resto, y necesitan técnicas para que parezca que defienden a ambos simultáneamente. Cuanto más difícil es para las personas demostrar que merecen ayuda, menos personas lo intentarán y tendrán éxito. Esto significa menos afiliados al programa, lo que ahorra dinero y  permite a los políticos reducir de impuestos a los ricos, equilibrar los presupuestos y continuar prometiendo a la clase trabajadora que velan por sus intereses. Es un win-win-win (ganar-ganar-ganar) para los políticos centristas, y una victoria para los ricos. Pero la clase trabajadora, frustrada, desconcertada e intimidada, pierde.

Los programas de selección por renta se presentan como una evidencia de que un político o partido se está tomando en serio un problema social en particular, como los increíbles precios de matrícula y la sobrecogedora  deuda estudiantil. Pero con demasiada frecuencia, y para demasiadas personas, estos programas en realidad no brindan el alivio que prometen en la escala que afirman. Ese fracaso está realmente integrado en el modelo, con consecuencias políticas inevitables.

Pobres que (no) lo merecen

Además de ser una pesadilla administrativa, los programas de selección por renta son políticamente endebles. Desde el cuidado de la salud hasta la vivienda y la educación, quienes tienen problemas pero no cumplen los requisitos para recibir ayuda se resienten rápidamente contra los que sí lo consiguen, y este resentimiento es fácil de explotar por los políticos cuando tratan de erosionar y eliminar beneficios sociales.

Al establecer parámetros estrictos sobre quién tiene derecho a una ayuda, se está invitando a los elementos conservadores a que ataquen los parámetros, es una baza lanzada a su favor. Cualquier programa diseñado para los «pobres que lo merecen» puede ser socavado directamente al evocar el espectro de los «pobres que no lo merecen». Por ejemplo, Medicaid está diseñado específicamente para personas con bajos ingresos. En esencia, es un regalo caritativo que los miembros más privilegiados de la sociedad brindan a los más vulnerables. Los conservadores aprovechan la oportunidad para renegociar los términos del regalo, razón por la cual asistimos a fenómenos como la introducción de requisitos de empleo como condición para obtener Medicaid.

El propósito declarado de añadir requisitos de empleo para obtener Medicaid es inducir a las personas perezosas a conseguir trabajo (en realidad, la gran mayoría de los beneficiarios de Medicaid ya tienen trabajo), pero el verdadero propósito es frustrar el proceso de inscripción y reducir el número de beneficiarios, para hacer hueco en el presupuesto estatal para más beneficios corporativos. Mientras tanto, la retórica que usan los políticos para justificar su asalto a los programas sociales basados en selección por renta está cargada de resentimiento y culpa. Estigmatiza a los destinatarios, aviva las llamas del prejuicio y siembra desconfianza. Las luchas políticas sobre los parámetros de estos programas son una receta para una mayor hostilidad y erosión de la solidaridad en la cultura más amplia.

Las personas que podrían superar los requisitos para recibir ayuda se desaniman fácilmente por los quebraderos de cabeza que provoca la burocracia entre la que deben navegar para conseguirla. Las personas que no pueden aspirar a las ayudas son fáciles de convencer de que los destinatarios de las ayudas no son merecedores de éstas y están malgastando recursos. Todo esto hace que los programas sujetos a selección por renta generalmente sean impopulares y políticamente frágiles. Por eso los socialistas señalan que los programas sociales con selección por renta son objetivos fáciles. O como dijo Wilbur Cohen, un arquitecto de programas sociales universales populares y duraderos -entre ellos la Seguridad Social y Medicare[1]-, «Los programas para los pobres se convierten en programas pobres».

Al describir el plan de Bernie Sanders para eliminar toda la deuda estudiantil sin excepción, como corolario de su propuesta de universidad gratuita, su secretaria de prensa nacional, Briahna Joy Gray, presentó un claro argumento político en este sentido:

La universalidad es la forma más demostrada a lo largo del tiempo de evitar que una cuestión se convierta en una pelea entre la clase media y los pobres, que es realmente lo que el uno por ciento desea. Basta con mirar a la Seguridad Social y Medicare. Dos de los programas más populares en este país cubren a todos, sin importar los ingresos. Y esa es exactamente la razón por la que esos programas han resistido el asalto de los republicanos y los demócratas moderados durante décadas, mientras que programas como el de cupones para alimentos, viviendas de la Sección 8[2], asistencia social, e incluso la ACA[3] han sido atacados. Todas nuestras abuelas se benefician del Seguro Social, por lo que es difícil considerarlo como un programa para los «pobres que no lo merecen».

Socios en la prosperidad

Los programas sociales universales operan con una lógica totalmente diferente a la los programas con selección por renta. Se materializan cuando una sociedad decide que quiere consolidar una determinada oportunidad como derecho social.

Tenemos escuelas públicas de K-12[4] en este país porque decidimos que la educación de los adolescentes era un derecho básico que todos deberían disfrutar, porque la sociedad es mejor así. Tenemos un sistema postal universal porque decidimos que todos deberíamos poder enviar y recibir correo -incluso aquellos que viven en áreas remotas y rurales-, y acordamos pagar impuestos basados en los ingresos para hacerlo posible. Tenemos Seguridad Social y Medicare porque llegamos a la conclusión de que todas las personas -nosotros, nuestros amigos, nuestros enemigos- deberían poder vivir sus últimos años con dignidad. Aún no tenemos un sistema público de salud, pero cada vez más la ciudadanía estadounidense se está dando cuenta de que la atención médica debe ser una de esas cosas que todos pagan y que todos reciben, porque la alternativa es bárbara y deshumanizadora.

Si los programas con selección por renta son motores de división caóticos y políticamente delicados, mientras que los programas sociales universales son motores elegantes y políticamente sólidos de solidaridad. A pleno rendimiento, generan en las personas un sentido de inversión colectiva y causa común. Cada cual aporta lo que puede y todos disfrutan de los frutos de sus contribuciones. Los programas son accesibles, comprensibles y visibles para todos. Los programas sociales universales no se perciben como una caridad envidiada sino como un esfuerzo mutuo, del cual todos somos responsables y de los cuales todos nos beneficiamos. La sociedad se eleva claramente por la participación y colaboración de masas.

Con la excepción de los ricos, a la mayoría de los cuales siempre les molesta tener que pagar impuestos altos por cosas que personalmente pueden pagar por su cuenta, las personas que viven en sociedades con derechos sociales garantizados no se ven entre sí como obstáculos para el éxito individual, sino como socios en la prosperidad. Mientras un exiguo modelo de estado de bienestar basado en la selección por renta promueve la alienación y la competencia, un modelo sólido y universal de estado de bienestar genera confianza y cooperación. Estas cualidades son necesarias para desarrollar una base desde la cual lanzar otros proyectos sociales ambiciosos y progresar como sociedad.

Los programas sociales universales no son completamente invulnerables a los ataques: considérese la expansión de las escuelas concertadas en el sistema escolar público existente. Pero sí crean grandes grupos de votantes dispuestos a defenderlas que, de otro modo, no existirían, como cuando maestros, padres y estudiantes se movilizaron recientemente para defender la educación pública en una ola de huelgas de maestros. Cuando los bienes sociales están elevados a la categoría de derechos, no tan fáciles de arrebatar.

En Gran Bretaña, el Servicio Nacional de Salud (NHS) enfrenta asaltos privatizadores neoliberales. Es una perspectiva aterradora, pero el intento de desmantelamiento no es tarea sencilla. Una encuesta reciente encontró que siete de cada diez personas «respaldan el principio básico que subyace tras el NHS: que la atención médica debe financiarse con impuestos generales para todos». (Solo el 4 por ciento dijo creer en un sistema de estilo estadounidense). En 2012, la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres ofreció un homenaje al NHS, con bailarines vestidos como pacientes y enfermeras rodeando el estimado acrónimo. El político conservador Nigel Lawson, responsable de una gran privatización bajo el mandato de Margaret Thatcher, dijo una vez que el NHS «es lo más parecido que tienen los ingleses a una religión». Los ataques de la derecha pueden seguir llegando, pero el público no se está dejando convencer.

Los conservadores estadounidenses afirman que la educación superior no debe considerarse un derecho en absoluto y que, ante la amenaza de un fracaso social, las personas deben ser obligadas a levantarse a sí mismas simplemente con sus recursos. Al argumentar esto, los conservadores necesariamente ignoran todos los datos disponibles, concretos y anecdóticos, que demuestran lo imposible que resulta para la gran mayoría de las personas – que subsisten con salarios estancados y se enfrentan a costes de vida en aumento- ahorrar para una educación que cada década se vuelve sustancialmente más cara, pero que es necesaria en muchos casos para sentar las bases de una carrera próspera.

Los liberales, por otro lado, tienden a estar de acuerdo en que las personas deberían poder ir a la universidad si lo desean, y que las altas barreras financieras para el ingreso frenan las oportunidades y exacerban las desigualdades en riqueza. Simplemente prefieren una solución más débil y menos inteligente desde el punto de vista político, porque favorecen el engaño frente a una clara política de izquierdas que haga frente a los ricos y construya el poder y la solidaridad de la clase obrera.

Los socialistas no nos engañamos como los liberales centristas. Sabemos que todos tenemos derecho a una educación y una vida digna, y que la universidad pública gratuita es una reforma alcanzable que nos acerca a esa visión. Y sabemos que la mejor manera de crear programas que puedan resistir los inevitables intentos de desmantelarlos es hacerlos universales, para que se vuelvan populares, queridos y entretejidos en la tela de nuestra cultura.

 


[1] En los Estados Unidos de América, se llama Seguridad Social al programa federal de pensiones para la vejez y las personas supervivientes o incapacitadas, y Medicare al seguro de salud que cubre a todas las personas mayores de 65 años o discapacitadas.

[2] La Sección 8 de la Ley de Vivienda de los Estados Unidos autoriza el pago de ayudas de vivienda en alquiler a propietarios privados en nombre de aproximadamente tres millones de hogares de bajos ingresos. (NdlT)

[3] Adult Children of Alcoholics (ACA) es un programa para hombres y mujeres que crecieron en hogares alcohólicos o disfuncionales. (NdlT)

[4] K-12 (kindergarten to 12th grade) es la expresión estadounidense que indica los cursos de la enseñanza infantil, primaria y secundaria obligatorios y gratuitos en los Estados Unidos d América. (NdlT)

 

es una activista de California del Norte, miembro de Democratic Socialists of America (DSA). Es escritora de plantilla de Jacobin y publica ocasionalmente en The New York Times y The Guardian, entre otros.

Fuente:

https://jacobinmag.com/2019/07/free-college-tuition-bernie-sanders-means-testing-universal-social-programs

Traducción:Vera Sacristán

Temática: 
 

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Gargarella: “Soy escéptico a la idea de que hay que reconstruir los partidos políticos” http://cec-azul.org/gargarella-soy-esceptico-a-la-idea-de-que-hay-que-reconstruir-los-partidos-politicos/ http://cec-azul.org/gargarella-soy-esceptico-a-la-idea-de-que-hay-que-reconstruir-los-partidos-politicos/#respond Mon, 10 Dec 2018 21:48:11 +0000 http://cec-azul.org/?p=1787 La entrada Gargarella: “Soy escéptico a la idea de que hay que reconstruir los partidos políticos” aparece primero en Centro de Estudios Constitucionales.

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Gargarella: “Soy escéptico a la idea de que hay que reconstruir los partidos políticos”

Por Tomás Allan y Ramiro Albina

Entrevista 

Gargarella: “Soy escéptico a la idea de que hay que reconstruir los partidos políticos”

“Estudiar Sociología me ayudó a pensar el Derecho desde otro lado” comienza diciendo Roberto Gargarella, quien se ha convertido en una voz destacada en el debate público argentino. No obstante los varios estudios de posgrado con los que cuenta este constitucionalista y profesor de la UBA y la Universidad Di Tella, tanto en el país como en el exterior, sostiene que la parte más importante de su formación se dio con los seminarios de Carlos Nino, aquel eminente jurista argentino que fuera pieza clave en el diseño del Juicio a las Juntas. Su teoría del constitucionalismo dialógico, dice, está íntimamente ligada a la de democracia deliberativa de Nino, con quien además trabajó en el Consejo para la Consolidación de la Democracia creado por el entonces presidente Raúl Alfonsín, funcionando como órgano asesor del Poder Ejecutivo entre 1985 y 1989.

Insistente con la crítica a un sistema institucional que considera vetusto, descontento con líderes políticos que, según entiende, otorgaron derechos a cambio de mantener incólume una estructura de poder elitista, no abdica en su voluntad de proponer una alternativa con dos patas: participación ciudadana activa y deliberación pública robusta. En un contexto en el que gran parte de los teóricos de las ciencias sociales añoran el saneamiento del sistema de partidos tal como lo conocimos, Roberto Gargarella no parece ser un nostálgico de tiempos sobre los que cree que es mejor dejar ir.

-Hace tiempo que venís escribiendo sobre cómo las reformas constitucionales en América Latina consagran más y más derechos pero por otro lado mantienen cerrada la “sala de máquinas”. ¿A qué te réferís con esto?

Hay una línea de estudios en donde lo que yo digo encaja, por ejemplo los trabajos de Samuel Moyn (“La ultima utopía”), que tienen una mirada muy crítica sobre cómo los derechos se llevaron la energía que mereció haberse dirigido hacia reformas económicas más igualitarias, y entonces la pelea por los derechos hizo que no se centrara la atención en el lugar más crucial para quienes estaban preocupados por la igualdad. Y después hay otra seria de estudios que que sostienen la misma idea y toman distintos casos, como el de Ecuador, para decir cómo presidentes que querían reforzar su poder entregaron derechos como concesiones o extorsiones para ganar la posibilidad de reelecciones o ampliaciones de poder. Por otro lado, otros autores como Mark Dashner o Jeremy Waldron lideraron un embate muy radical contra el papel prominente de los jueces en la revisión constitucional y en la interpretación del Derecho. Mi tesis doctoral en Argentina fue sobre eso, sobre esa ofensa que era para la democracia ese papel protagónico en el control de la Constitución. Lo de la sala de máquinas encaja con el escepticismo frente a la actitud celebratoria o ingenua de defensa de los derechos; esta idea de estar fascinado con el nuevo constitucionalismo latinoamericano y demás, que hubo en muchos de nuestros colegas que olvidan la cuestión más estructural, que tiene que ver con la cuestión económica pero también con la parte orgánica de la Constitución.

-Teniendo en cuenta que las democracias contemporáneas evolucionaron a partir de sistemas políticos (instituciones representativas, etcétera) que fueron pensados por sus fundadores en muchos casos en oposición a la idea que se tenía de democracia. ¿qué limites pensás que imponen estos marcos institucionales a avanzar hacia una democracia más deliberativa o participativa?

En parte el problema es que quienes tienen un papel central -actual o potencial- en la reforma son aquellos que se benefician o podrían ser los primeros beneficiados de este sistema constitucional que es funcional a una distribución desigual del poder económico, político y legal. Entonces las constituciones están hechas al servicio de esa desigualdad y son reflejo de ella y es difícil pensar que van a verse movidos a cortarse los propios pies. En estos años se dan los aniversarios de las constituciones de Brasil, Ecuador, Colombia, México, y son hechos extraordinarios en sí, pero también por el modo en que han sido expresión de y funcionales a la preservación de desigualdades. Es decir, son producto de desigualdades y a su vez reforzadoras de ellas. Entonces muchas instituciones que están ahí consagradas merecerían ser cambiadas pero, en términos de la motivación política, no es fácil ver de donde podrían salir las energías para impulsar el tipo de reformas que uno pensaría necesarias. Está claro que las reformas de los derechos han sido funcionales a la preservación de las desigualdades.

-¿La crítica se puede dirigir tanto al control de constitucionalidad, al menos como está diseñado hoy en día, y también por otra parte a la no inclusión de mecanismos de participación ciudadana en el área legislativa?

Claro, parte de mi crítica iba por ahí; para mí el caso paradigmático es el de Ecuador, el cual había conocido de cerca. Fue muy emblemático cómo se escribió una nueva sección de la Constitución que llamaban una “nueva rama del poder”, que era la rama de participación popular. Y para mí, estando allá y hablando con algunos protagonistas, la pregunta mía era “si harán esto, me imagino que reducirán o limitarán los poderes del presidente”; porque no podés al mismo tiempo abrir una promesa de horizontalidad en el poder y verticalizarlo. No basta con que incorpores instrumentos participativos nuevos si frente a todos esos el presidente tiene, por ejemplo, poder de veto, que es lo que pasó en Ecuador. La semana pasada, en Colombia, que fue en un punto el país que parecía más promisorio para la epopeya de los derechos que se desató en los últimos años en América Latina, la Corte dijo que los procesos de consulta no podían representar un veto a la presencia de las compañías mineras…

Si uno tuviera que mencionar una cláusula espectacular del nuevo constitucionalismo latinoamericano, es la vinculada al sumak kawsay, o sea los derechos indígenas y los derechos de la naturaleza sobre todo. Eso fue para muchos lo fascinante que simbolizaba lo más avanzado en Ecuador y en Bolivia para el derecho constitucional regional, pero que consagraban algo rarísimo como que la naturaleza tenía derechos. La Corte ecuatoriana, en una de las tantas vueltas para defender al presidente, dijo que los proyectos de fracking y de explotación minera más salvajes eran compatibles con el suma causae. De nuevo, una muestra de que si vos preservás las estructuras de desigualdad en todo terreno (económico, político, institucional, constitucional), después no me mientas regalándome derechos nuevos y nuevas formas de participación. Si yo soy presidente, y además tengo una posición muy cómoda como parte de la elite de poder, y sé que si a vos te concedo la posibilidad de que te empoderes del modo en que te lo hemos prometido en la Constitución, el poder que vos ganás es poder que pierdo yo. ¿Por qué el que tiene mucho poder te lo va a conceder si se lo puede quedar? Ha habido una combinación entre ingenuidad, hipocresía y compromiso con el poder de turno.

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-Existe una discusión acerca de los mecanismos de democracia directa (como plebiscitos, referéndum o consultas populares en general), donde la mitad de la biblioteca argumenta que ayudan a democratizar las decisiones políticas, y la otra mitad sostiene que pueden ser utilizados por líderes para pasar por encima a instituciones como el Congreso y organismos de control. ¿Cuál es tu opinión?

Para mí la democracia deliberativa se para en dos pilares. Es como decía Habermas: es el ideal de la discusión entre todos los potencialmente afectados. Entonces está la pata de la discusión pública, y la pata de la inclusión; y entonces cualquier mecanismo de participación te hace algo atractivo en términos de la pata participativa, pero si no te hace lo mismo en términos de deliberación, es tan indeseable como lo era el ideal de deliberación entre elites. Entendemos que la imparcialidad está ligada a la deliberación entre todos. Si delibera una elite es un problema, y si participan muchos pero no deliberan o no tienen la posibilidad de esclarecerse mutuamente, es hacerle el juego al poder de turno. Ahora bien, es compatible tener referéndum basados en procesos largos de discusión pública. Por eso yo tome una posición polémica con las discusiones que terminaron en el referéndum en Uruguay con el tema de la amnistía a los militares, donde el resultado a uno no le gusta pero el proceso fue tan impecable como uno idealmente hubiera podido querer. Gente en la calle, gente escribiendo en los diarios, peleas, conflictos… Una discusión donde participaron los partidos políticos, la gente en las calles y en las plazas durante años. Eso muestra que se pueden hacer procesos de discusión inclusive sobre cosas fundamentales. La discusión sobre el aborto en Argentina este año tuvo muchos rasgos atractivos: que el poder legislativo convocara voces diversas, que podamos escuchar a distintas personas, que veamos que había cosas que aprender del que pensaba distinto. Luego, claro, como estamos parados sobre estructuras que le siguen dando una enorme discrecionalidad al poder de turno, eso se puede usar en la medida en que les da la gana.

 

-Suponiendo un proceso hacia una democracia más participativa y deliberativa, ¿qué lugar les cabe a los partidos políticos?

Un lugar importante como aparatos que ayudan a estructurar y organizar una discusión, pero hay un punto de fondo y es que los partidos políticos son expresión de un modo de concebir la vida pública que es muy propio de un siglo atrás. Entonces yo creo que el sistema institucional quedó chico. Tenemos estructuras que fueron pensadas para el siglo XVIII, que funcionaron de modo imperfecto, pero bien respecto de los problemas de ese siglo (por ejemplo el problema de la división en facciones, el riesgo de que las masas “arrasaran” con los derechos de las minorías que gozaban de un poder desigual, etcétera). El sistema de frenos y contrapesos fue extraordinario para canalizar la guerra civil, pero no podemos pensar que de ahí va a salir deliberación publica; es un sistema preparado para otra cosa. Pensar que ese entramado institucional sigue hoy vigente es un error; entonces quedó desbordado por todos lados. Estaba por ejemplo esta idea de la promesa de la representación plena: que era posible y deseable asegurar la representación plena en la sociedad. En esa idea se asume que los grupos o los sectores son internamente homogéneos. Entonces por tener las voces de algunos agricultores en el Congreso, o de algunos integrantes de un grupo en particular, estarían todas las voces de ese grupo representadas. Los partidos políticos forman parte de un esquema de fines del siglo XIX, principios del XX, pensados para una sociedad mucho más simple, más homogénea, cuando las sociedades contemporáneas son multiculturales, diversas, plurales. Entonces, soy escéptico a la idea de que hay que reconstruir los partidos políticos, el Congreso… En un punto no sirven más. Pueden seguir sirviendo para completar algunas funciones que no hemos sabido desarrollar institucionalmente de qué modo canalizar mejor. Pero forma parte del pasado, no de algo que merezca ser reconvertido.

-Viendo el contexto latinoamericano actual, por ejemplo con la situación de Venezuela y el ascenso de Bolsonaro en Brasil, ¿tienen salvoconductos nuestras democracias para evitar que líderes (que en algunos casos pueden tener una legitimidad de origen y que retóricamente hacen hincapié en la participación) desgasten los aspectos republicanos y liberales de la democracia y terminen derrumbándola?

Ahí hay una discusión de base que es sobre cómo definimos democracia. Esa idea tiene que ver con una visión minimalista como la de Przeworski, de la democracia como un sistema para organizar el poder y mantener el juego de las elecciones, que es muy importante, y poder asegurar cambios de poder de modo pacífico. Entendida así, uno puede hablar de la mayor parte de países de América Latina como democracias. Ahora, ese mismo sentido mínimo está en crisis, y entonces hay una reflexión que hacer sobre qué es lo que permite que crezcan en aceptación discursos y prácticas políticas tan suicidas. En mi caso pienso que es la disonancia democrática, esto de que nuestras instituciones nacieron en un momento, bajo una ideología de fines del siglo XVII e inicios del XIX, de democracias de elite muy excluyentes; y ese entramado institucional se ha mantenido vigente en las constituciones actuales a pesar de los otros cambios que se han incorporado, y eso es especialmente preocupante y para mi generador de los Bolsonaro. Ese traje chico se instala sobre una sociedad que desborda al viejo sistema institucional por todos lados con la presión de las demandas democráticas. En América Latina esa sobrecarga de demandas democráticas se procesó con los golpes de Estado, y hoy que no hay golpes la situación de conflicto e insatisfacción permanecen por un entramado cada vez más chico para demandas cada vez más expansivas. Entonces los Bolsonaro son una expresión de la insatisfacción radical que genera el tener instituciones cada vez más chicas en términos democráticos y demandas cada vez más grandes. Es una vuelta al pasado extremo, si se quiere pre republicano, a partir de la crisis radical del sistema de frenos y controles y división de poderes tal como fue concebida. La crisis es producto de lo que las elites hicieron y dejaron de hacer en todos estos años.

¿Crees que una de las causas de la proliferación de protestas sociales en Argentina puede tener que ver con esta insuficiencia del sistema institucional que mencionás?

Totalmente. Hay un hilo común que recorre todos los casos, como los levantamientos en España, el Ocuppy Wall Street en EEUU, lo que pasa en Argentina y América Latina, que es la disonancia democrática entre el pico de demandas democráticas expansivas y el punto más bajo del sistema institucional. Nos toca el sistema en su versión más degradada en un momento en el que las demandas aumentan. Entonces aumenta el sentido de la exclusión y por lo tanto mayor es el enojo. Para hacer otra conexión, algo muy importante de la política de los últimos años, y claramente en América Latina, es que la mega corrupción que hubo tiene que ver con los niveles de des-institucionalización. Como la corrupción cayó en la discusión agrietada de América Latina, se contaminó y de un lado y otro nos resistimos a ver la completitud e implicaciones del fenómeno. La corrupción es un tema muy importante como expresión de los niveles de discrecionalidad que nuestro sistema institucional permitió, tanto porque le permitió a la cúpula del poder hacer lo que quería como por los modos en que quedamos dificultados para controlarlo. Y todo esto en el marco de la disonancia y la insatisfacción.

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El título de tu libro sobre protesta social es “El derecho a la protesta. El primer derecho”, ¿Qué connotación tiene esta afirmación?

Dentro de la filosofía en la que me formé (Nino, Rawls y compañía), yo me sentí siempre con una mirada de izquierda sobre ella. Rawls tiene la idea fuerte de la prioridad lexicográfica de las libertades básicas, entonces por ejemplo las libertades de expresión y de crítica son innegociables en relación aún con los derechos económicos y sociales. Cuba o Stalin son ejemplos que podría tener en mente: si vos tenés ciertos derechos económicos asegurados, de ello no se sigue que tengas posibilidad de generar las condiciones para la libertad de expresión. Con la libertad de expresión vos tenés las bases para estar protestando y que se te vayan asignando derechos. De ahí que se establezca una prioridad absoluta. Mi razonamiento es un derivado de aquello que sostenía Rawls pero en clave de protesta: si se remueven las condiciones que me permiten quejarme se pone en juego toda la estructura de derechos.

¿Qué opinás sobre las críticas que usualmente se le hacen a la utilización del espacio público para protestar? Por ejemplo cuando se habla de usos “salvajes” del espacio público.

Entiendo que también es cierto que los usos de la protesta se degradaron. Muchos salimos a decir, después del 2001 y de una serie de decisiones judiciales graves que procesaban a mansalva a los que protestaban en las calles tratándolos como “sediciosos” (que es una de las figuras más graves que reserva nuestro Código Penal), que no se podía pensar a la protesta de ese modo porque se olvida que es protectora y base necesaria para que los derechos se mantengan o crezcan. La protesta está alimentada de derechos y es un modo de asegurar que los derechos constitucionales se mantengan en pie. Entonces reincorporamos a la protesta dentro del abanico de derechos constitucionales. Pero bueno, eso también se trivializa y para muchos pasó a ser considerado como una carta blanca para hacer lo que se me ocurre en nombre de que “la protesta es un derecho”. Aún en una protesta justificada tiene sentido que pensemos cómo no perjudicar los derechos de otros. Mi línea de reflexión es que el derecho a la protesta, debido a la vinculación que tiene con el nervio constitucional más fuerte, merece ser preservado antes que removido rápidamente; pero eso no significa que el otro no tenga derechos, se tiene que buscar la manera de compatibilizarlo. Un caso dramático y triste fue la protesta del año pasado frente al Congreso, que alimenta la idea de lo “salvaje”. Hay un espacio entre tener derecho a la protesta y hasta quejarse fuertemente cuando la gente entiende que el gobierno toma medidas que perjudica en cosas que son centrales, y  arrancarle el ojo a un policía con un palo. No puede trivializarse ese espacio, el otro sigue siendo un igual y un ser humano. Si yo soy de izquierda y tengo posiciones extremas frente a un gobernante, no voy a ser más izquierda por agregarle a mi desacuerdo la violencia física, sino que paso a ser algo desagradable. Tiene que ser compatible un pensamiento de izquierda radical que siga tomando al otro como un igual, sea quien sea.

¿Ves cierta ambigüedad en parte de la izquierda a la hora de criticar la criminalización de la protesta en Venezuela y Nicaragua?

Ahí también hay una cuestión sobre a qué llamamos “izquierda”. No quiero entrar demasiado en la discusión de cuestiones de conceptos, pero me parece claro que en los últimos más de diez años se llamó izquierda a cosas que para mí eran de derecha. No quiero hacer el gran drama ahí, pero tampoco naturalizar que se llame de izquierda a lo que considero un programa de derecha. Si vos concentrás el poder político y mantenés después de diez años niveles de desigualdad como en la época de los noventa, creo que no tenés ningún derecho a llamarte de izquierda. Para mi izquierda tiene que ver con democracia radical en términos económicos y políticos, por eso es importante la descentralización y horizontalización del poder. Si en tu gobierno, contra la democracia política lo que hiciste fue concentrar el poder y decirle a la oposición “organizate en elecciones y ganame” por entender que la democracia son solo elecciones, y en términos de democracia económica lo que hiciste fue trabajar con tus propios grupos económicos concentrados… para mí eso es de derecha. La discusión es política pero también es conceptual.

¿Qué podemos esperar de la Corte de aquí en más con Rosenkrantz en la presidencia? Por ejemplo en términos de interpretación constitucional, de exigibilidad de los derechos sociales…

La buena noticia es que tenemos un presidente de la Corte con el que vale la pena discutir, que es algo que no ocurre naturalmente. Es una persona que entiende el Derecho desde una óptica diferente a la mía, si bien salimos del mismo grupo pero inmersos en dos vertientes distintas, por ejemplo sobre el tema de la prioridad por el orden, la protesta, el respeto al orden establecido… Él le da bastante importancia a sentar las bases para el respeto a las reglas de un orden establecido. Para mí es más importante ver la justicia de esas reglas, con un presupuesto adicional que es que en sociedades históricamente desiguales como las nuestras hay una presunción de injusticia en las reglas. Entonces, ese respeto a un cierto orden, que para él, según entiendo, es una virtud, para mí es un problema, porque entiendo que esas reglas consagran injusticias a la luz de los valores que la propia Constitución marcó. Las reglas del juego en materia de propiedad, de contratos, de distribución, de protesta… son cuestionables. Son los fundamentos legales de la desigualdad. El desarrollo legal en América Latina ha sido funcional a las desigualdades dentro de las cuales fueron creadas esas reglas. Él está en un lugar donde tiene injerencia. Como decía Rosatti, no es que los jueces van a cambiar de opinión sobre cosas que decían antes porque Rosenkrantz sea el presidente, pero sí tiene poder en lo que hace a la selección de temas, a la planificación de la agenda de la Corte…

En un contexto en el cual desde algunos espacios políticos se desautorizan investigaciones judiciales por corrupción, argumentando que son “persecuciones políticas”, sumado a la reciente prescripción de la causa en contra del ex presidente Menem, se volvió a abrir la discusión acerca de los fueros. ¿Cuál es tu posición en ese debate?

También forman parte del pasado. En muchos sentidos, los legisladores tienen privilegios especiales que deberían estar acompañados por deberes y restricciones especiales, como por ejemplo la inversión de la carga de la prueba en los casos de enriquecimiento. Como los privilegios y deberes especiales están en manos de los que se benefician de ellos, comenzaron a socavarse, a perder sentido y distorsionarse, y entonces las herramientas liberadoras pasaron a ser herramientas opresoras. No quiero una protección especial para que tenga posibilidad más que un ciudadano normal para cometer delitos, si no al revés, quiero controles especiales sobre ese funcionario. Lo que quiero también es que tenga la posibilidad de hablar, expresarse y criticar pero no que el fuero sea entendido como un modo de tener más capacidad del ciudadano común para utilizar sus privilegios en su propio beneficio. En el caso de los fueros creo que en buena medida merecen ser derogados, y lo que uno puede preservar es lo que jurisprudencialmente ya reconocemos, como un derecho especial a la palabra política, vinculado con una protección especial a la crítica política. Pero no permitir que los instrumentos que damos de protección especial al foro democrático se conviertan en herramientas en contra que sirvan para vaciar la política, en lugar de expandirla.

 

*Roberto Gargarella es constitucionalista y sociólogo. Dicta clases en la Universidad Torcuato Di Tella y la UBA y se desarrolla como Investigador Superior del CONICET. 

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